Aldea Global

Por Rodolfo Chisleanschi

Cataluña. Ganó el independentismo, pero sobre todo triunfó la derecha

(Por Rodolfo Chisleanschi (Especial para Motor Económico) La primera tentación al leer los resultados de las elecciones en Cataluña del pasado jueves es tener en cuenta los escaños que ocuparán en el Parlamento de la Generalitat los partidos que defienden el independentismo y los que no. No por nada, la batalla legal por la segregación de la pretendida República catalana del Reino de España lleva mucho tiempo ocupando la atención de los medios, en el propio territorio hispano, pero también en Europa y buena parte del mundo.

Pero no se trata de la única lectura posible, más allá de que los interesados resalten el mantenimiento de la mayoría parlamentaria -algo recortada pero mayoría al fin- si se suman los tres partidos que pretenden modificar el actual status quo. También se pueden establecer sumas de votos y diputados según la ideología política y, fundamentalmente, económica de los participantes en la puja del día 21. Y en este sentido se dan dos curiosas circunstancias: las cuentas son más contundentes y los análisis, más escasos.

Tampoco debería sorprender. El auge del independentismo catalán en la segunda década de este siglo guarda relación directa con advenimiento de la Gran Crisis desatada a partir de 2008 en los centros neurálgicos del capitalismo.

La coalición Convergencia i Uniò gobernaba entonces en Barcelona. Era aquella una tradicional alianza de partidos de la burguesía local, con clara vocación liberal en lo económico, ocupante de un espacio de centroderecha en lo política, y lastrada por la sospecha de infinidad de casos de corrupción. La crisis y los correspondientes recortes del gasto público, con su secuela de desocupación y empeoramiento de los servicios sociales amenazaba con acabar con un dominio absoluto que había comenzado con la recuperación democrática tras la muerte del dictador Francisco Franco. Artur Mas, presidente de la Generalitat en esos años, apeló a la última carta: rescatar los aspectos más nacionalistas de sus votantes, culpar a las autoridades de Madrid de todos los males y, de ese modo, intentar disimular los errores de gestión y las causas judiciales que ponían en jaque a su gabinete.

La táctica dio muy buenos resultados. Durante todos estos años, el conflicto por la soberanía tapó de manera abrumadora cualquier debate sobre los problemas sociales y económicos de Cataluña. Cambiaron las alianzas. Uniò se separó de Convergencia, que de la mano del exiliado Carles Puigdemont se transformó en Juntos por Catalunya, y formó gobierno con expresiones de izquierda como Esquerra Republicana (ERC) y la más reciente y beligerante CUP. Sin embargo, el acento de su gobierno nunca estuvo en las medidas destinadas a mejorar la vida de los habitantes catalanes, sino en encontrar el modo de romper con España.

Las elecciones del jueves mostraron el resultado de esta política. El partido más votado fue Ciudadanos, una formación nacida la década pasada en Barcelona que fue captando a una clase intelectual y acomodada contraria a las ideas nacionalistas. Lentamente, Ciudadanos fue ganando su lugar, saltó a la política estatal y fue clarificando sus posiciones. Hoy es el principal aliado del Partido Popular de Mariano Rajoy en el Parlamento de Madrid, y ya nadie duda de que se trata de una opción gatopardista que, dado que no ha ocupado nunca posiciiones de poder, puede enseñar una foja inmaculada en cuanto a corruptelas y otras miserias del neoliberalismo. Es la derecha amable que tanto conocemos en la Argentina.

Detrás del partido del carismático Albert Rivera se ubicó JxC, la formación de Puigdemont. A los 71 diputados que suman entre ambos se podrían sumar cómodamente los 17 del Partido Socialista, desde siempre defensor a ultranza del establishment y que en los tiempos más recientes ha ido moviendo hacia la derecha la aguja de su norte político. Y por supuesto, no hay que olvidar los 3 escaños ganador por el Partido Popular. Total: 91 representantes de partidos neoliberales, más allá de sus diferencias en algunos otros campos.

¿Y la izquierda? Sufrió una derrota inapelable. ERC bajó del primer al tercer lugar en el escalafón, en tanto la CUP y En Común-Podemos, la formación de Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, perdieron votos y butacas en el Parlamento local.

En los dos primeros casos se supone que castigados por su desapego a las luchas históricas de los movimientos contestatarios. En el otro, por su posición indefinida en el conflicto nacionalista. Pero en definitiva, dejando clara una vez más los desatinos políticos y la falta de un discurso que atrape al electorado que suelen caracterizar a las izquierdas allá donde se encuentren.

La sociedad catalana votó el jueves por sostener el afán separatista. Pero también y al mismo tiempo, por seguir condenándose a los ajustes económicos y el olvido de las cuestiones más urgentes del día a día. Quizás atrapada por la dinámica de una discusión que los medios de comunicación y los sectores políticos más ventajistas fogonearon hasta el hartazgo. Seguro porque desde el otro lado tampoco escucharon nada que les llamara realmente la atención.

  • Periodista. Residió más de un cuarto de siglo en España

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