Aldea Global

Por Raúl Dellatorre

La casa no está en orden

(Por Raúl Dellatorre (*)) ¿De dónde salió Trump? ¿Es el emergente de la crisis de un sistema político que cruje? ¿Es la derivación de la crisis financiera de 2008 mal resuelta? ¿Es “el plan perfecto” que salió mal? ¿Una fatalidad del sistema democrático? Cualquier de esas hipótesis merecería un desarrollo y una discusión profunda. Hay tiempo para eso. Ahora, mejor reconozcamos en qué situación política nos coloca este resultado y cómo pueden llegar a moverse los diferentes actores con capacidad de tomar decisiones.

La primera impresión es que “algo salió mal” en este sistema político norteamericano, que no cometeré la torpeza de llamarlo “democrático”. Desde que es primera potencia mundial, la estructura de decisiones en Estados Unidos reconoce la primacía del sistema industrial militar, que se liga a otras actividades estratégicas que hacen la base del sostenimiento de esa hegemonía (desarrollo industrial tecnológico, medios de transporte, comunicaciones, químicos, etc, no sólo armamento). A esa estructura de poder económico, que se expresa como poder político, se le sumó más aceitada y estratégicamente, a partir de la implantación del neoliberalismo en el mundo (1979/1980, Reagan en EE.UU., Thatcher en el Reino Unido) el peso de un sistema financiero globalizado bajo control de Londres y Nueva York.

Trump no es ajeno a ese sistema de poder. No lo repudia, no quiere acabar con él. Al contrario: lo quiere más fuerte, más hegemónico. El candidato “antisistema” es cualquier cosa menos eso. El problema es que no había sido “el elegido” para sentarse en la Casa Blanca a partir de enero de 2017 por ese bloque hegemónico de poder. Sus modos, sus expresiones, sus propuestas, parecieran ponerlo “por encima” del bloque hegemónico, como si fuera capaz de tomar las decisiones individualmente. Para el sistema político, no es bueno que un candidato presidencial con chance se exprese así. Pero a buena parte del electorado le resultó atractivo (en otro momento se analizará por qué).

¿Qué falló? En principio, las estructuras de decisión en los partidos políticos tradicionales. Demócratas y republicanos han cumplido tradicionalmente el rol de ofrecer los candidatos para la Casa Blanca que sean capaces de mantener el orden hegemónico que Estados Unidos ostenta. La política partidaria ofrece, pero es el bloque de poder real el que ordena (en ambos sentidos, el de dar las órdenes y el de poner las cosas en su lugar). Esta vez, los partidos tradicionales fallaron. Eligieron un candidato políticamente incorrecto, y una candidata electoralmente inviable. La campaña, como nunca, se concentró en demostrar quién era el peor de los dos.

Ahora, con el candidato fuera de libreto elegido Presidente, viene la disputa en serio. ¿Pretenderá Trump imponerle sus criterios personales al poder real? ¿Qué margen de acción le dejará este último para que lleve a cabo alguna de las barrabasadas que expresó en público? ¿Admitirá Trump ante el poder real que todo fue una fantochada para llegar adonde llegó y ahora se ofrecerá para demostrarle a ese poder real que es el más apto para la tarea que le encomienden? No es imaginable que Trump busque desafiar el poder del bloque industrial militar y financiero. Y si lo hiciera, ¿cuán lejos podría llegar? El imperio siempre tiene remedio para los díscolos.

(*) Editor General Motor Económico

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