Por Virginia Trifogli
Arroyito. La Planta de Agua Pesada se extingue lentamente
En poco más de un año perdió unos 100 trabajadores. Los que quedan luchan para evitar que cierre y desconfían de las promesas gubernamentales para transformar el gigante de Arroyito en una planta de fertilizantes.
(Por Virginia Trifogli) “A mi nene de cuatro años le quedó que vamos en el auto y ve algún humito y me dice: ahí está tu trabajo papá”. La anécdota pertenece a Adrián García, uno de los electricistas de turno de la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP) de Arroyito, y refleja los dos últimos años de su vida y las de sus compañeros, cuando tuvieron que empezar a protestar en la ruta por la que siempre circulaban para ir a trabajar. En mayo del 2017 dejaron de producir y casi en paralelo comenzaron a tener problemas con el cobro de salarios, con una creciente incertidumbre sobre su futuro laboral. Desde ese día hasta hoy, cuentan casi 100 compañeros menos entre sus filas.
Entre los que se fueron, algunos pasaron a trabajar en el área de servicios petroleros de la administradora de la PIAP, la Empresa Neuquina de Servicios de Ingeniería (ENSI). Otros, jóvenes, resignaron una posible indemnización de algunos años por la promesa de un puesto laboral en otro lugar.
También hubo quienes aceptaron retirarse de manera anticipada. Para los que quedaron, la estrategia del gobierno nacional consiste en reducir el personal a través del desgaste. “No quieren poner un peso, como hicieron con YPF”, afirmó Gustavo Salvucci, quien desde hace 27 años recorre la planta.
Gustavo habla con orgullo de la PIAP, el mismo con el que eligió trabajar en el lugar, cuando otras ofertas lo tentaban. Entre las torres y su laboratorio, en el que se dedica al despacho de agua pesada, fue formando su vida, su identidad y una idea que hoy lo compromete con la lucha por mantener en pie a la planta: la independencia energética es importante para sostener la producción nacional porque “el crecimiento de un país se mide de acuerdo a la energía que producís”.
Sin embargo, los planes nacionales desalientan el desarrollo de las centrales nucleares a las que la PIAP provee de agua pesada. En mayo de este año se suspendió la construcción de Atucha III y se quitó la partida para funcionamiento del presupuesto del año próximo.
No hay mercado internacional para la producción y las esperanzas se centran en la generación de 500 toneladas destinadas a stock de seguridad para las centrales que hoy están en funcionamiento. Otras de las propuestas es anexar una planta de fertilizantes nitrogenados ya que comparten el amoníaco como insumo básico.
Esta propuesta fue respaldada por el gobernador Omar Gutiérrez a través del decreto 842/18, sin embargo, los trabajadores desconfían. Sobre el tema, el dirigente de la junta interna de ATE, Pablo Sosa, resaltó que hace décadas que se habla de la idea sin acciones reales y que el funcionamiento sigue estando “atado” al de la planta, para que se produzca el amoníaco. Uno de los delegados, Cristian Salas, agregó que para poner en marcha la planta de fertilizantes es necesario invertir 500 millones de dólares y Nación no lo va a hacer”.
Sin embargo, nadie piensa en bajarse de “el barco”, como se conoce a la mole que se ve desde la ruta, que con todas las luces prendidas cuando llega la noche parece una embarcación navegando por el campo. “No se las vamos a hacer tan fácil”, coinciden todos a la vez que cuentan con amargura que, hace algunos años, el subsecretario de Energía Nuclear de la Nación, Julián Gadano, les prometió trabajo por 18 años más. La realidad fue otra y desde la parada de la planta del 2017 la incertidumbre es lo que reina en las charlas de los obreros.
Un momento difícil
“Hemos tenido parates, pero como este nunca. Que no te digan que tenés horizonte es feo”, lamentó Darío Alarcón. Le sobran años para hacer la comparación, ya que arrancó a trabajar al mismo tiempo que la planta y lleva la mitad de su vida ahí adentro. A su preocupación por sus compañeros que tienen problemas psicológicos o se sienten deprimidos, se suma la de las vivencias en su casa. Su casamiento, su casa y sus dos hijos vinieron de la mano de tener un trabajo “serio”. Por primera vez en su vida se encontró diciéndole a su familia que no podían hacer ciertos gastos y teniendo que dar explicaciones por las deudas.
En medio de estas situaciones y de la incertidumbre, siguen yendo a trabajar, haciendo mantenimiento de las instalaciones porque tienen la esperanza de volver a producir agua pesada.
Si bien Darío y Gustavo consideran que a su edad ya no conseguirían otro trabajo por las dinámicas propias de la demanda laboral hay algo que los une con Adrián y que los retiene al igual que a sus compañeros, entre los brazos de las tuberías que enredan la PIAP: “Esto no se puede caer porque tiene lógica de estar y dar el brazo a torcer por intereses políticos, que poco tienen que ver con los de una Nación, te tira a decir que hay que pelearla”.
Los planes nacionales desalientan el desarrollo de las centrales nucleares a las que la planta provee de agua pesada, como el caso de Atucha III.
Producción
500 toneladas de agua pesada esperan producir los obreros para abastecer el stock de seguridad de las centrales.
Julián Gadano. La voz del gobierno
¿Cuál es el problema de la PIAP?
Se produce un insumo que el mundo no necesita y nosotros cada vez menos. Con producción normal la planta generaría en dos años las toneladas que se necesitan para el stock de seguridad, pero Nucleoeléctrica Argentina no tiene los fondos para la compra y, de todas formas, sería posponer el problema.
¿Cuál sería la solución?
Hacer que la planta funcione de forma dual: produciendo 30 toneladas por año e instalando la planta de fertilizante. Somos optimistas porque hay un mercado potencial de exportación, pero es necesario avanzar en la logística y hacer un esfuerzo fiscal para tentar a los inversores.
¿Cómo se avanzará en esta medida?
La Agencia Nacional de Inversiones ya realizó un modelo de contrato y se trabajará en conseguir empresas interesadas.
Pero para esto es necesario reducir los costos y ajustar el personal destinado a la planta, no con un plan de despidos compulsivos, sino destinando los recursos a Vaca Muerta. Pero todas las decisiones terminan siendo de ENSI.
Mónica Toros, la única mujer que está desde el principio
La jubilación estaba ahí, a un par de años de trabajo, pero el freno en la producción llenó de incertidumbre el futuro de Mónica Toros. Ella es la única mujer que se desempeña en la PIAP desde que empezó a gestarse. Entró en 1983, cuando tenía 18 años, sin saber ni siquiera dónde quedaba Arroyito, pero el destino quiso que pasara ahí su vida, en el único trabajo formal que conoció.
Mónica forma parte del grupo que nunca usó los clásicos uniformes de jean, que distinguen a los operarios de la planta. Su espacio es el de la administración, ese que dominan las mujeres como parte de una lógica que empieza a verse transformada en las empresas.
Se fue formando en su tarea en base a la lógica de prueba y error, en distintos puestos, mecanografiando en una máquina de escribir los manuales de calidad y pidiendo turno para usar la única computadora comunitaria que supieron tener. Ella está en la PIAP incluso antes de que fuera administrada por la ENSI. “Proyecté toda mi vida en función al amor por mi trabajo”, reflexionó nostálgica. Pero lo que fue algo natural en su vida, ir a trabajar todos los días, hoy se volvió una incertidumbre. “Nos encontramos con el profundo dolor y tristeza de pensar que se puede perder la dignidad del trabajo genuino que nos hace libres”, reflexionó Mónica a la vez que cuestionó que no hay dinero para garantizar la continuidad laboral pero sí para ofrecer retiros voluntarios.
Ante esta situación, para la mujer el único camino es seguir unida a sus compañeros luchando por la PIAP, firmes en la esperanza de que no todo está perdido.
Testimonios
“Nunca se me cruzó la idea de irme por la cabeza, esto es como tu casa. Vos nunca pensás en irte de tu casa. Es parte de tu vida”. Darío Alarcón trabaja desde hace 25 años en la planta de Arroyito.
“La gente cree que esto no le afecta, pero el recorte energético nos afecta a todos. Estas decisiones nos atan a ser dependientes”. Gustavo Salvucci entró a trabajar en la PIAP en 1992, cuando tenía 22 años.
“No se puede cortar la vida útil de la planta por un capricho. Si no necesitás energía es porque destruyeron las industrias”. Adrián García tiene 36 años y hace 15 que trabaja en la planta de agua pesada.
(*) Fuente: Diario Río Negro
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