Por Enrique Aschier
Comercio mundial, inversiones externas, oximorones
(Por Enrique Aschier ) Durante la 11ª conferencia ministerial de la OMC (Organización Mundial de Comercio), en Buenos Aires, tuvo lugar en su segundo día, de los cuatro destinados a su despliegue, específicamente el martes 12 de diciembre, la puesta en marcha de un “Foro de Negocios”, evento paralelo que se realizó por primera vez en la historia de estos cónclaves bienales.
No es extraño que un “Foro de Negocios” haya acontecido primerizo, recién ahora, después de tantos años. Lo extraño es que haya ocurrido. Es que por fuera de las inversiones que deben ir a localizarse donde están las explotaciones de las materias primas de que se trate, no solo un mayor volumen sino el actual flujo mercantil, entra en franca contradicción con la inversión externa pues ésta debe dirigirse a sustituir importaciones, lo que por definición trae consigo el establecimiento de un protección adecuado para implantar una producción que hasta entonces se importaba.
Esto sucede siempre y cuando el país de que se trate quiera integrar su mercado nacional. En cambio, si quiere convertirse en un enclave, se dispensa del requisito de la protección, puesto que en ese caso, la inversión extranjera que arribó fue para abastecer un mercado que está ubicado extramuros y lo hizo para emplear una fuerza de trabajo muy barata. Nunca esa sociedad, en la cual el sudor cuesta mucho menos que los lubricantes líquidos para las máquinas, podrá acumular capital y así crecer, dado que por definición en un enclave las ganancias del capital no se pueden reinvertir más allá de las amortizaciones. La exigüidad del mercado lo impide.
Al respecto, no hay que perder de vista que desde la posguerra a la fecha, la población, la economía mundial y el comercio crecieron a una escala nunca vista en la historia humana. Las inversiones externas menos; a un nivel inferior a las operadas antes de la Primera Guerra. Históricamente, los heraldos del librecambio han alentando tan fervorosamente al mismo, como con no menos ahínco, se mostraron completamente refractarios a la inversión externa. No es que su prédica haya tenido un éxito excesivo. Sucede que dos terceras partes de la humanidad, localizada en la periferia, no son rentables para el capital.
Incluso, cuando se dice que hace falta más comercio para mejorar las perspectivas del crecimiento, se está manifestando una contradicción. Se exporta para importar y la única manera que el comercio contribuye al crecimiento es a través del superávit comercial, que es precisamente la situación que todos los acuerdos internacionales sobre la materia, en su formalidad, pretenden evitar. Las recurrentes crisis de deuda externa en la periferia reflejan la vida vivida con déficit comercial.
No es que los funcionarios de la OMC y el resto de los interesados y partidarios del librecambio ignoren esto. De cara a la realidad de un mundo alocado que desoyó las sabias verdades de no manufacturar heladeras o bicicletas donde no corresponde, pero se podía porque había mercado preexistente, hicieron virtud de necesidad y se pusieran a navegar en las aguas de mayor ambigüedad posible, inflando sus velas con el viento apropiado de sugerir más, sobre lo que se dice poco, en lo posible menos. Que un rocambolesco liderazgo como el de, Donald Trump, les haya marcado la cancha, antes que nada, está también poniendo de manifiesto que desde hace largo tiempo los heraldos del librecambio se vienen pasando de listos.
En fin, pontificar desde hace unas décadas que para que arriben inversiones externas haya que hacer tal o cual cosa, generalmente impopulares, mientras al mismo tiempo se aboga por una “economía abierta”, resulta el más perfilado oxímoron de todo esto.
(*) Docente U.N. de Moreno
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