Por Clara Razu
Crónica de una realidad alejada del #OrgulloTupper
(Por Clara Razu (Especial para Motor Económico) El pasado sábado en el suplemento “Sábado” del histórico diario La Nación salió una nota que, con el título “La vuelta del tupper, el elegido de los millennials para no gastar en la oficina”, señalaba entre otras que “El #orgullotupper se instala lenta, pero decididamente en los mediodías laborales. Mientras que antes había una hora de salida para el restaurante de la esquina, un combo de comida rápida o una tarta de la rotisería de la cuadra se cambia por una comida hecha en la cocina propia.”
Compartimos aquí la crónica de una millennials que, como muchos otros y otras jóvenes, lejos están de formar parte del #orgullotupper y cerca del #TupperNoMeQuedaOtra.
Yamila tiene 26 años, vive con sus padres y dos hermanos menores en González Catán (Partido de La Matanza), trabaja como empleada administrativa en una oficina de una empresa de seguros en la Ciudad de Buenos Aires y estudia Trabajo Social en la Universidad de La Matanza.
Todas las mañanas suena su despertador a las seis de la mañana, se levanta, se arregla, toma un mate cocido “lavadito” y sale corriendo a su trabajo.
Lleva la cartera grande cargada con los apuntes. Hoy tiene clase, a la que asistirá cuando salga del trabajo.
Llega a la parada del colectivo, se toma el colectivo 96 hasta Ramos Mejía. La SUBE marca un debito de $10,75. Mientras viaja observa como por Ruta 3, el carril exclusivo de colectivos al que pretenciosamente llaman Metrobus, se va poblando de trabajadores y estudiantes.
Después de un viaje de 45 minutos, al abandonar Ruta 3, el tránsito se complica, llega a destino. Baja apurada y camina rápido hacia la estación de tren de la línea Sarmiento. Si todo anda bien en 10 minutos podrá ya estar en viaje. Llega al andén, pasa la SUBE, le marca $ 4,50, se siente contenta, funciona el sistema, el viaje de $9, le costó la mitad.
Sube al tren como puede. Veinte minutos y llega a la terminal de Once. Sale prácticamente despedida del vagón, y en la medida que la cantidad de gente lo permite, se desplaza hacia el subte, línea A, hasta la estación Perú, apoya la SUBE, y su alegría se triplica, tardó menos de dos horas, el débito es de $2, en lugar de los $7,50.
Llega a destino, son las 8.45 minutos, no perderá “presentismo”, piensa, hoy puede ser un gran día. Recién son las 9 de la mañana, lleva tres horas levantada, gasto $17 en viajar a su trabajo. Relajadas se toma un café con una medialuna, la compra en el kiosco al lado de la oficina, le sirve para mitigar la languidez hasta el mediodía, pago $35.
El día será largo, tiene clase en la facultada de 19 a 23 hs., así que al mediodía debería comer. La noche anterior su mamá preparo una tarta pascualina y por suerte sus hermanos no se la comieron toda, así que, junto con los apuntes, está el tupper.
Claro, no siempre es así, y en esos días donde no sobro nada, Yamila acude al kiosco por un sándwich, la opción más económica, en la que gasta $60, incluyendo una botella de agua. En otras épocas solía ir al restaurant chino de la esquina y se servía una bandeja con verduras o pollo. Ahora no lo puede hacer, su presupuesto se redujo. Su papá, albañil casi no tiene changas, su mama volvió al trabajo por horas en casas de familia y sus hermanos, son chicos, adolescentes deben ir a la escuela.
Ella “está en blanco”, su sueldo es de $14.000, en el bolsillo (si no pierde el presentismo, o sea ni se enferma, ni tiene problemas en el transporte),” buen sueldo, para una jovencita”. Hasta el 2015, le sobraba, ahorraba y se iba de vacaciones con sus amigas. Nada extraordinario, 10 días a la Costa, pero todo cambió.
El 50 por ciento de su sueldo se lo entrega a su mamá para contribuir a los gastos de la casa. Con los $7000 restantes, solventa sus viáticos, apuntes para la facultad y si es posible algo de ropa y alguna salida con sus amigas.
A las 17 hs, termina su jornada laboral, corriendo desanda el camino iniciado a la mañana. Con la “fortuna de su lado” $17.
Los lunes, miércoles y viernes baja en San Justo, en la puerta de la Universidad, de la que sale a las 10.30 hs., para no perder el colectivo, que la dejará a las 11.15 hs. en González Catán donde su papá o su mamá, la esperan en la parada del Metrobus.
Tres veces a la semana, cursa en la facultad, días en que gasta un poco más en viaje y algo para comer. Para ahorrar, comparte el gasto de yerba, azúcar y facturas o galletitas, con sus compañeras con las que se junta antes de entrar a clase.
Solo de viáticos y gastos diarios, Yamila tiene $1000, con el resto compra apuntes, que más o menos le insumen $500. Muchos se los prestan quienes cursaron la materia con anterioridad, otros los compra. Pudo acceder a media beca de apuntes, que le dio la Universidad, eso le da un poco de aire a su presupuesto.
Ese aire, no constituye un ahorro para Yamila, es la posibilidad de contribuir con los libros para sus hermanos, o un par de zapatillas, o, en el mejor de los casos, reemplazar el pantalón de vestir que usa para ir a trabajar.
Los fines de semana, suele salir con sus amigas, la alternativa es el encuentro en una casa para compartir una película o una serie, escuchar música, comer pizza casera o tomar cerveza, siempre con reparto de gastos. A bailar, suele hacerlo una vez al mes.
Ella no es parte del #OrgulloTupper, no es de aquellos empleados que dejaron el “menú ejecutivo”, por el tupper de comida de casa. Nunca fue clienta de “menú ejecutivo”, ni siquiera puede pensar en el tupper diario, tampoco restringe su gasto en comida y viajes para comprar dólares (ahora que “si se puede”), ella forma parte de una gran cantidad de jóvenes que cambiaron su calidad de vida a partir de diciembre de 2015.
Jóvenes que viven en el conurbano, y con “suerte”, trabajan, estudian en las Universidades Nacionales, como Matanza, Avellaneda, Lanús o Florencio Varela, entre otras, y que son la “primer generación de universitarios de su familia”, familias que día a día ven como sus sueños se escurren en la canaleta del desempleo.
El aumento de los precios, sobre todo de los alimentos, horada el poder adquisitivo de los ingresos de las familias más pobres, deteriorando su calidad de vida.
A pesar de la situación Yamila, su familia, y miles de familias de La Matanza y del amplio conurbano bonaerense, no bajan los brazos, defienden sus derechos a estudiar, a “progresar”, porque el “progreso”, si bien se mide en “valores monetarios”, constituye la defensa de los derechos. Miles de estudiantes ingresan a las universidades que nacieron en el conurbano, miles de familias luchan por un futuro mejor, a pesar de las políticas económicas que excluyen día a día a seres humanos como material descartable.
- Lic. en Economía. Docente. Colaboradora de Motor Económico
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