Por Martín Pollera
Estirando la soga
(Por Martín Pollera) Thomas Hobbes, filósofo inglés (siglo XVII) decía que para encontrar reflexiones valiosas resultaba más importante formular buenas preguntas que intentar hallar grandes respuestas. Ni la economía ni esta nota escapan de esa lógica tanto para hacer el balance de 2017 como para prever lo que vendrá en 2018.
A priori, la economía mejoró levemente en 2017 pero ¿fue expansión genuina o sólo un rebote? La actividad creció en parte por haber sido 2016 un año de dura recesión (caída del 2,3%), pero básicamente por impulso estatal a la obra pública ¿Y qué resultados tuvo el gobierno de Cambiemos en el resto de las variables? En general, no mejores a las de 2016. Incluso con un mayor endeudamiento y crecientes déficits (fiscal y comercial) no pudo resolver los mismos problemas a los que pretendía dar solución: inflación, desempleo y pobreza. Veamos.
El componente de la demanda más importante es el Consumo ya que de cada $100 que produce el país, 74 son demandados por los hogares. El último dato del INDEC da un alza interanual de 4,2% en el tercer trimestre de 2017, pero en relación a una baja del 2,9% en igual período de 2016. Y con esta dinámica: lo que más subió fue el consumo de bienes durables (electrodomésticos) y cayó el masivo: alimentos, bebidas y vestimenta. Esto indica que se recuperó la compra en hipermercados por descuentos y promociones pero se contrajeron las compras en comercios minoristas (-1%), los de más alcance.
Según datos de la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAv), el salario real se desplomó 6% en 2016 y 1,3% en 2017. No hubo dos años consecutivos de caída del salario desde la crisis del 2001.
¿Qué pasó con la inversión? En términos de PBI, sigue en los mismos niveles de 2015 y, además, con gran peso del rubro Construcción que, en gran parte, no amplía la capacidad productiva. Y 3 de cada 4 dólares que entraron al país fueron a inversión especulativa, según el Observatorio de Políticas Públicas de la UNDAv. Es decir: la inversión va hacia el canal financiero porque hoy el capital se ve más tentado a entrar y salir rápido del país obteniendo altos rendimientos, que a invertir en una fábrica y contratar mano de obra. Además, la capacidad instalada ociosa, la caída del consumo y las altas tasas de interés no son buenos augurios para la inversión productiva.
¿Y con el gasto? Sumado a la debilidad del consumo y la inversión, se intentó sostener la demanda con el gasto. En año electoral, vale expandir la obra pública para impulsar la economía. Sin embargo, rebotar no es lo mismo que crecer, más aún si contemplamos que frente al creciente déficit el gobierno nacional recortará el gasto (es decir, esas obras) para morigerar el rojo de sus cuentas. Imposibilitado por su doctrina de financiar el déficit vía emisión monetaria, se premió la valorización financiera, castigando a la inversión real. Así, el déficit consolidado de 2017 sería el tercero más alto de la historia argentina: casi 10% del PIB.
Por último, resta ver qué pasó con las exportaciones e importaciones. Con la indiscriminada apertura comercial las importaciones se dispararon 19,9%, muy por encima de las exportaciones (+1,2%). Resultado: un rojo del intercambio de bienes de U$S 9.000 millones, superior al provocado por el Efecto Tequila en 1994. Aumentó la importación de bienes de consumo, que son una pérdida de demanda para la industria nacional, mientras que las importaciones de bienes intermedios, que son insumos para la industria, crecen muy lento por el freno en la actividad.
Además, la política de administración del tipo de cambio llevó a un déficit por turismo internacional de más de U$S 10.000 millones (equivalente al 40% de la cosecha exportada), cerrando el déficit por cuenta corriente (intercambio de bienes, servicios y rentas) en 5% del PIB y fugándose 22.148 millones en el año, el drenaje más alto desde 2011.
Repasados los resultados 2017 y dado el deseo del gobierno de lograr un crecimiento del 3,5% para el 2018, queda preguntarse cómo lo logrará.
¿Por medio del consumo? Difícil, a la luz de las negociaciones de paritarias sin cláusula gatillo y no más del 15% de aumento junto a un arranque del año signado por alzas en tarifas de servicios de hasta 116% que esmerilarán el poder de compra.
¿Por inversión? Demasiado optimista. El alza de inversión estimado en el Presupuesto (14,5%) más que triplica la suba del PBI (3,5%, ya de por sí sobrestimada). Y la inversión que llega no es productiva.
En síntesis, el Gobierno carece de modelo económico coherente y sostenible y se achica su margen para sostener el déficit financiado con más y más deuda. No tiene modelo productivo. Pone la producción al servicio del dinero y no el dinero al servicio de la producción, una fórmula fallida de antemano. Esto nos hace entonces prever un 2018 de crecimiento dudoso, con consumo que seguirá golpeado y factores que agudizarán sus problemas de credibilidad en tema centrales como la inflación, que se aceleró en los últimos meses y que ya se aleja raudamente de la meta oficial.

(*) Economista (UNLP) Integrante del equipo económico del Peronismo Bonaerense. Docente de la Universidad Nacional Arturo Jauretche.
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