La cruda realidad

Por Clara Razu

La Parrilla de la Tía Cristi…o la Historia del eterno renacimiento

(Por Clara Razu (Especial para Motor Económico) En la esquina de Marmol y Zapiola, en San Justo, La Matanza, está el local de la Tía Cristi. Zona fabril y comercial fue, durante los setenta, parte del corazón industrial del conurbano oeste. A la vuelta de la Chrysler, Volswagen después, rodeada de pequeñas fabricas y talleres mutó de kiosko o cocina delivery a restaurante. Su pequeña historia es, en parte, el reflejo del largo camino de la trama productiva del país.

Es miércoles al mediodía, recién salidos del feriado largo, y la Tía tiene tiempo para charlar. Hace dos años a esta altura del calendario esto era impensado, el local estaba lleno y la Tía recorría las mesas y la cocina repartiendo los pedidos de comida.

La historia comienza hace casi 40 años. “Siempre me gustó cocinar, a los 13 años preparaba las recetas de las revistas…después el tiempo pasó, me casé…y un día cuando las cosas no nos iban muy bien económicamente, me subí a la terraza, miré el barrio, y pensé ¿qué le puedo vender a la gente que vive y trabaja por acá? se me ocurrió poner un kiosco”. Fue así que con un armazón de madera sobre la mesada de la cocina, que le hicieron los operarios de la maderera vecina, y un toldito que también lo hizo un vecino, a quien le pagó después, nació el Kiosko Yani.

Claro que además de los cigarrillos y golosinas, Cristi, cocinaba y le vendía comida a las fábricas y talleres de alrededor. “Acá en Varela estaba Calzados de La Cruz, trabajaban muchas personas, yo les preparaba la comida, sándwiches de milanesa, y tortillas gigantes, que se llevaban en un changuito de supermercado”…”No había freidora, ni nada, yo usaba la sartén de mi cocina”.

Venían los de la fundición (hoy locales comerciales) y se llevaban muchas bebidas, ya que es un “trabajo que da mucha sed”, “venían los de la fábrica de guantes, incluso los dueños”, “también los de la maderera, que funcionaba, donde hoy está el gimnasio, la curtiembre, la fábrica de envases”.

La demanda crecía, y el kiosco se convirtió en un restaurante y pasó a ocupar la mayor parte de la casa de la Tía Cristi. Las mesas se repartían en dos sectores, uno para las chicas, empleadas de la maderera, en su mayoría, y otro para los empleados y operarios. “Me pagaban por quincena, algunos, otros por mes. Llegué a mudarme a Lomas del Mirador y dejar la casa como restaurante, fui una pionera, ¿viste que ahora hay un montón de casas que son restaurantes por Ramos Mejía?, bueno, eso hice yo acá”, Y una mira la esquina, hoy vacía, tratando de pensar, como había sido alguna vez, una casa.

El tiempo pasó, la economía cambió, la maderera cerró sus puertas por problemas familiares, la curtiembre también cerró y el barrio que era una colección de talleres, poco a poco, se fue vaciando.

Para el año 1991, en el edificio donde funcionaba la Volswagen, se instala la Universidad Nacional de La Matanza, y alrededor nacen fotocopiadoras, bares, librerías. La Tía Cristi, por un corto tiempo se dedica a las fotocopias, pero, no era lo suyo.

“Y volví a abrir el restaurante, el local, ex casa, había estado alquilado, lo tuve que arreglar todo, y le di la forma de “copetín al paso, los taburetes de madera y los asientos altos se ubicaban bajo el toldo, y hacia adentro, mi cocina. Venían muchos empleados de la universidad y también los policías que hacían la ronda, también gente de paso, trabajaba hasta tarde. Me compré una heladera grande, a pagar, justo viene la crisis del 2001, y yo apechugué y salí, pagando peso sobre peso. Había puesto carteles caseros, vendía los sándwiches de milanesa a $1.”

“Todo cambió a partir del 2003, si cuando llegó Néstor Kirchner, empezaron a abrir los locales de fabricas otra vez, la de jeans, y la de gasas”. Los dueños de la fábrica de gasas, me llamaron para pedirme que les prepare la comida para ellos, trabajaban tres turnos. El local se llenaba los mediodías, y los pedidos del “delivery”, se multiplicaban.

La pregunta sobre su presente era inevitable, “Mirá…a mediados del 2015, me di cuenta que los precios, sobre todo de la carne, aumentaban, pero yo vendía mucho, pero ahora, no viene nadie y los precios aumentaron mucho más, también aumentaron la luz, el gas, está muy difícil…”-señaló preocupada.

“Yo siempre trabaje mucho, nadie me regaló nada, no me meto en política…nunca pensé que esto iba a pasar…”-agregó.

Esta frase queda flotando en el aire. La pequeña historia de la “Parrilla de la Tía” Cristi, refleja la importancia del entramado industrial y comercial en el desarrollo local. Los trabajadores hace no mucho tiempo, dos años, tenían empleo y un salario que les permitía comer durante su jornada laboral, en la “parrilla de la esquina”. Hoy la caída de la producción y el empleo, junto con la pérdida del poder de compra de los salarios, hacen insostenible algo tan básico como un almuerzo en el trabajo. El salario debe estirarse para pagar la luz, el gas y el transporte. Ese ajuste en el gasto de los trabajadores disminuye las ventas de los locales barriales a los que también le llegan las facturas de los servicios con aumentos. Mientras que las importaciones de bienes aumentan y generan el cierre de pymes, el desempleo aumenta al 10 por ciento.

Una tasa de desempleo del 10 por ciento es un cepo al salario. Nunca fue tan claro el concepto de Ejercito Industrial de Reserva, más desempleo, menos salario.

“Y bueno…después de todo, si sobrevivimos a otras crisis, porque no a esta, ¿no?”. –dice la Tía Cristi con una sonrisa que nuevamente ilumina su cara. En el fondo, ella sabe que su negocio depende del dinero que en los bolsillos de los trabajadores que circulan por este rincón de San Justo, tengan para comprarle.

Ella sabe más de economía que muchos que dicen ser parte del mejor equipo de los últimos 50 años, ella sabe que el secreto, es la producción y el empleo.

  • Testimonios Grabados: Enrique Merell, Psicologo SocialDocente Investigador de la Universidad Nacional de La Matanza

  • Lic. en Economía. Docente. Colaboradora de Motor Económico

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