Por Clara Razu
La retracción de la economía y la angustia cotidiana
(Por Clara Razu (Especial para Motor Económico)) La actividad industrial tuvo una caída de casi 5 por ciento durante el año 2016. El 2017 no empezó y en febrero la industria registró una disminución del 6 por ciento con respecto al mismo período del año anterior.
Los números negativos se registraron en todos los sectores de la industria. Desde la industria textil con una retracción del 11 por ciento, hasta la construcción con una baja del 3,4 por ciento.
Esta situación es la consecuencia de una política económica que decidió desestimular el consumo para “frenar” la inflación y transferir ingresos a los sectores más concentrados para “estimular la inversión”, olvidando que el 70 por ciento de la demanda agregada se genera a partir del consumo.
Los números son fríos pero contundentes, sin embargo sólo se perciben cuando se filtran en las pequeñas historias cotidianas.
En los barrios, en los márgenes de la Ciudad de Buenos Aires (CABA) y en el Conurbano Bonaerense, día a día el relato del posibilismo mágico que se escucha en el discurso de los funcionarios del gobierno de la Alianza Cambiemos choca contra la realidad que traspasa puertas y ventanas.
Suena la radio a la mañana, temprano, los que aún están empleados se preparan para ir a trabajar. Otros despliegan estrategias para afrontar el día a día. Muchos programas utilizan la herramienta del “concurso” para “premiar” a sus oyentes. Un llamado, salir al aire, la voz del “ciudadano de a pie”, que suena en el programa que lo acompaña.
De pronto se escucha la voz de Marcela una vecina de Banfield. Atiende el teléfono, se ganó una cena, después de la sorpresa y la alegría del encuentro, el conductor del programa le pregunta, qué hace, cuántos son de familia.
Marcela responde:”Somos tres, mi marido, mi hijita de 5 años y yo. Hasta el año pasado teníamos un emprendimiento de comidas, cocinábamos y vendíamos viandas. Trabajamos mucho, pudimos ahorrar, nos compramos un autito, pero ahora nos bajó mucho el trabajo. Mi marido trabaja de remisero con el autito, y preparamos sándwiches que tratamos de vender cuando él vuelve a la noche, en un hospital acá cerca, para la gente que se queda a la noche, o entre los que trabajan…” La voz se entrecorta, el conductor interviene, ella sigue: “¿Y, es una rueda, no?, a la gente no le alcanza la plata, muchos se quedaron sin trabajo.”
El dialogo se hace difícil y con voz tímida la oyente hace un pedido, ”Vivimos en una casa precaria y la instalación eléctrica está muy deteriorada, pero no llegamos a juntar la plata para comprar los materiales y arreglarla. Me angustia pensar que en cualquier momento tengamos un accidente grave, quizás alguien nos pueda ayudar…” En esta instancia de la charla, el conductor le pide que se quede en línea privada, que de alguna manera desde la producción la van a ayudar, que le tomarán los datos. Ella agradece la cena, el aire y el gesto. La comunicación termina, la angustia queda.
“Es una rueda” –reflexionó Marcela. El circuito económico se alimenta con el consumo de los que menos tienen, no porque son “derrochadores seriales”, sino porque son los que tienen más necesidades sin satisfacer. Los economistas lo llaman propensión a consumir, y es el motor del multiplicador keynesiano que funcionó virtuosamente durante 12 años, cuando Marcela y su familia pudieron ahorrar y comprar un autito y se transformó en el combustible de la debacle durante el “alegre sinceramiento del cambio”.
- Lic. en Economía. Docente. Colaboradora de Motor Económico
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