La cruda realidad

Por Clara Razu

Plata Dulce, Again

(Por Clara Razu (*)) La escena de la película quedó perpetuada en la retina de los argentinos hacia fines de los ´70. Un Federico Luppi, que junto con su familia arribaba al aeropuerto de Ezeiza, precedido de dos changos repletos de productos electrónicos e indumentaria, equipos de música, tv color, raquetas, zapatillas y remeras, entre otras.

El film mostraba la realidad del “deme dos”, una frase que resumía la imagen de argentinos que llegaban de Miami deslumbrados por los mal. La meca del consumo “primer mundista” ofrecía, a quienes pudieran pagarlo, algunas ventajas.

Mientras esto sucedía, en Argentina gobernaba la dictadura militar y el Plan de Refundación de le economía argentina, se sostenía a partir del disciplinamiento de la clase trabajadora: secuestro, tortura, desaparición y destrucción del modelo de industrialización sustitutiva de importaciones con el consiguiente aumento del desempleo.

A Federico Luppi lo esperaba en Ezeiza su cuñado, el personaje de Julio De Grazia, su ex socio en la fábrica de botiquines de madera, que sucumbió frente a los botiquines de plástico importados, y cuya actividad económica actual se resumía en vender en un “kiosko ventana”, algunos de los productos importados adquiridos en Uruguayana, ciudad que visitaban los argentinos en tours de compras trasladándose en micros destartalados.

El proceso económico descripto en la película, hace más de 40 años, nos llevó a un fuerte proceso de endeudamiento que se agravó en los noventa y colapsó en 2001.

Hoy, Uruguayana es reemplazada por Chile, Santiago es la capital sudamericana del turishopping, en donde muchos productos tienen arancel cero e ingresan a precios de dumping, o sea a menor precio que su costo de producción. Esta política comercial que desarrollan muchos países con el objeto de expandir los mercados receptores de sus bienes reemplaza la conquista territorial por la “más limpia” ampliación de mercados. El negocio les reporta más dinero a las multinacionales a costa de menores salarios.

Los argentinos que viajan en plan compras a Santiago de Chile se cuentan por miles. Claro que en realidad en nuestro país viven aproximadamente 40 millones, y gran parte de esos argentinos y argentinas se identifican con el personaje de De Grazia, son los que esperan a la salida de Ezeiza, para recoger alguna sobra de la fiesta que pagamos pero no disfrutamos. Pagamos con mayor desigualdad, pobreza y caída de la actividad económica, pero sobre todo es una fiesta que se financia con un endeudamiento que permite que el aumento de compra de dólares para turismo (libre de “cepo”), junto con el levantamiento de restricciones al giro de utilidades de multinacionales, hayan convertido a la economía más desendeudada en la que se endeuda más velozmente.

En los primeros once meses del gobierno de la Alianza Cambiemos la velocidad del endeudamiento aumentó sideralmente, aún más veloz que la contraída durante la dictadura militar. “En el mes de octubre el Gobierno realizó una colocación de deuda por el equivalente a 11.000 millones de dólares, el monto más elevado desde la emisión de bonos por 16.500 millones de dólares realizada en abril de este año, en el marco del acuerdo con los fondos buitre”, señala un informe de FIDE (Fundación de Investigaciones para el desarrollo económico).

En este contexto la brecha se amplía, los sectores que ganan más, ganan 23 veces más que los que ganan menos. Hasta el 2015 ganaban 18 veces más. Esa desigualdad hace que mientras miles de argentinos recorran los shoppings en búsqueda de “gangas”, otros miles, espíen por la ventanilla a la espera de las sobras. Esa es la desigualdad que duele, que le resta sustentabilidad social al modelo de acumulación financiera, sustentabilidad que no es posible con “bonitos”, ni “cursos de maquillaje”.

La “sustentabilidad” es consecuencia del desarrollo económico, y el desarrollo económico es el resultado de políticas económicas que profundizan la generación de valor a partir del trabajo calificado y bien remunerado. No se trata de competir contra el dumping, se trata de diferenciarnos, a partir de la producción de bienes industriales. No se trata de imitar el “modelo chileno” o el “modelo de la India”, o el australiano, se trata de sentar las bases y profundizar una industrialización sustitutiva que proteja nuestra industria, de producir baterías y no de exportar litio, de producir galletitas y no exportar trigo. Ser nacionalista no es ponerse la escarapela, cantar el himno y enunciar frases xenófobas, ser nacionalista significa volver a rescatar un modelo de producción de bienes, con valor agregado, nacional y popular.

  • Lic. en Economía. Docente. Colaboradora de La Nave de la Comunicación

(*) Fuente: La Nave de la Comunicación

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