Por Clara Razu
Se está llenando de pobres el recibidor
“Disculpe el señor si le interrumpo, pero en el recibidor hay un par de pobres que Preguntan insistentemente por usted. No piden limosnas, no... Ni venden alfombras de lana, tampoco elefantes de ébano. Son pobres que no tienen nada de nada. No entendí muy bien sin nada que vender o nada que perder, pero por lo que parece tiene usted alguna cosa que les pertenece”.
Joan Manuel Serrat
(Por Clara Razu (Especial para Motor Económico) )Los caminos y las rutas son, en la economía, las vías de circulación de los bienes y servicios que se consumen para satisfacer las necesidades, por ellos también transitan los factores productivos que contribuyen a producir esos bienes y servicios. Se denominan factores productivos, por ejemplo, a los bienes de capital (por ejemplo: transporte de maquinarias) y sobre todo al trabajo. El otro factor productivo, el capital, en su forma de dinero o valores (títulos, acciones, etc.) circula por otras vías, más selectivas y ocultas, a través de las operaciones electrónicas.
Antes de la irrupción de la dictadura militar, por los caminos de nuestro país se trasladaban miles de trabajadores hacia sus lugares de trabajo. Los colectivos, los trenes, camionetas, camiones, desbordaban de personas que se dirigían a sus empleos. Contando las monedas, cuidándose de los pungas, pensando cómo llegar a fin de mes, en fin… haciendo proyectos.
Por esos mismos caminos los camiones que transportaban los productos hacia los centros de consumo circulaban libremente, como los trabajadores, sin pagar peajes.
Existían reclamos, no era un paraíso: la huelga era la manera de exteriorizarlo. La plusvalía se obtenía de la fuerza de trabajo y para obtener una porción mayor del producto social que ayudaba a construir era necesario demostrar el poder de su participación.
La destrucción del modelo de producción, como medio de acumulación, y la instalación de uno de valorización financiera, junto con otras medidas, como la apertura de la economía, reiniciaron el sendero del subdesarrollo.
El PBI de 1983 fue el 90 por ciento del generado en 1973. El producto industrial creció desde 1970 a 1976 a un promedio del 14 por ciento anual, mientras que durante el período de 1976 a 1983 decreció a la misma tasa promedio.
Ejemplos semejantes solo pueden encontrarse en caso de destrucción física de los medios de producción, como consecuencia de conflictos bélicos o grandes catástrofes naturales.
Además la denostada industrialización sustitutiva de importaciones tuvo un promedio anual de crecimiento de PBI por habitante 9 veces mayor que el modelo perfecto que se viene aplicando desde 1976. Entre 1945 y 1975 el crecimiento del PBI por habitante fue del 86,7 por ciento (entre el principio y final de cada período) y entre 1976 y 2000 fue de 6,2 por ciento. Estos números son la contracara del enriquecimiento de determinados sectores económicos, las causas del piquete.
La transformación de las formas de protesta frente a la problemática laboral debe interpretarse en conexión con los cambios económicos, sociales y políticos acontecidos en Argentina desde 1976 y, especialmente, desde la década de los ´90. La baja institucionalización y la fragmentariedad de las nuevas formas expresan la retirada del campo político y social de prácticas y significados en el que el reclamo laboral se inscribió por mucho tiempo. Y esa realidad demandó la elaboración de nuevas estrategias.
El objetivo de los cortes de rutas fue durante los ´90 la manera de visualizar a quienes quedaron al borde del camino, fuera de la “ruta de mercado”.
El lenguaje de la protesta pone en primer lugar la interpelación al Estado Nacional: quienes cortan las rutas se presentaron frente al Estado en actitud negociadora comprometiendo uno de los atributos básicos de su integridad: el territorio. Ni más ni menos: cortar las rutas es dividir al Estado. Así, los cortes de ruta escenificaron el abandono por parte del Estado a comunidades que sienten que tienen derecho a formar parte del mismo. Mostraron a la opinión pública las zonas relegadas y la expresión pueblo fantasma, o sea una comunidad sin realidad, se volvió de uso corriente. El reclamo de quienes cortan las rutas está fundado en un derecho mínimo: el derecho a existir. Esta existencia, que en términos económicos es lisa y llanamente subsistencia.
Datos del INDEC revelaban por entonces que el 10 por ciento más rico de la población había aumento su participación en el ingreso en un 0,9 por ciento. La política económica había concentrado riquezas en la cúpula a un ritmo vertiginoso y como resultado, la desigualdad de ingresos entre la base y la cúpula de la sociedad era por entonces la mayor del último cuarto de siglo.
Las protestas devinieron en formas de organización popular nuevas y colocaron el tema de la desocupación y las consecuencias sociales del modelo en el centro del debate. El cambio de política económica a partir del 2003 volvió a un modelo productivo, basado en la producción de bienes, con inclusión y redistribución del ingreso, a favor de la base de la cúpula. El índice Gini, que mide la desigualdad de los ingresos, y que es mas “equitativo”, cuando es menor, pasó de 0,53 en 2002 a 0,46 en 2015.
En tanto, los sectores de poder no dejaron de luchar para no perder participación. Los cortes de ruta fueron utilizados por la Sociedad Rural y Confederaciones Rurales Argentinas, entre otros, para oponerse a la resolución 125, que hacia móviles las retenciones. Algunos dirigentes gremiales llamaban al paro para eliminar el pago del Impuesto a las Ganancias de los sueldos más altos.
A partir del 2015, y con el triunfo de la Alianza Cambiemos, se produce una regresión en la matriz distributiva.
El desempleo y la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, son las herramientas de una política económica que vuelve a dejar a nuestros compatriotas al borde del camino.
Ya no se trata de discutir la legitimidad del corte como forma de protesta, se vuelve a discutir el derecho a huelga, el derecho de los trabajadores de discutir los salarios.
Evidentemente es una vuelta al pasado. “Cambiamos futuro por pasado”. Un pasado más que lejano, se diría que del siglo XIX.
En una economía capitalista, ¿tienen los excluidos y los trabajadores derecho a reclamar? ¿O únicamente vale el derecho a mostrar sus miserias por los medios, para que hipócritamente una burguesía egoísta les “derrame” sus sobras?
La pregunta es ¿la bolsa o la vida?
¿Se vuelve a construir un modelo donde todos y todas entren, o se evita mirar el espejo de la pobreza y la exclusión, que opera como la visión del futuro, si es que el modelo no cambia?
La decisión, sigue siendo del pueblo
- Lic. en Economía. Docente. Colaboradora de Motor Económico
···