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Rosso: “La violencia discursiva traslada lo político a lo personal”

( Por Flavio Colazo) Los violentos contenidos y modos expresivos en los discursos políticos de la derecha nacional -y global- bajo la mirada del especialista Daniel Rosso, quien conversó con La Nueva Mañana.

“Un deslizamiento parcial desde el pacto social al estado de naturaleza”.

Autor de “Máquinas de captura: los medios concentrados en tiempos del kirchnerismo”, el sociólogo y docente universitario Daniel Rosso, se ocupa desde hace tiempo del análisis de los discursos circulantes en los medios de comunicación masiva. En diálogo con LNM reflexionó respecto de los modos y contenidos violentos presentes en gran parte de los discursos de las plataformas políticas de derecha en nuestro país y en el mundo.

¿A qué atribuye usted la violencia discursiva presente en los discursos políticos de derecha en el mundo, y en nuestro país?

-Hay una definición de democracia que sostiene que ésta es la suma de todas las partes menos una. Por supuesto: partiendo de esta definición, democracia y exclusión son fenómenos complementarios. Porque la democracia se ejerce excluyendo o eliminando a una de sus partes. El filósofo esloveno Slavoj Zizek lo llama “el excremento”. La exclusión de tal “desecho” ha sido gestionada, a lo largo de la historia, con distintas metodologías en Argentina; algunas de ellas van, por ejemplo, desde las proscripciones del peronismo, en la década del 50, hasta el terrorismo de Estado a partir de 1976.

“Implícitamente, estas variantes de la derecha extrema reponen la violencia que había sido excluida por el pacto democrático consensuado en 1983; superponen términos considerados por mucho tiempo divergentes: por ejemplo, democracia y violencia”.

Desde esa perspectiva, ¿quiénes serían los “eliminables” en las democracias actuales?

-Para las variantes neoliberales o libertarias es necesario suprimir a ese “otro” que imposibilita que el país mejore y que sus ciudadanos crezcan. Ellos afirman que: culpa de ese “otro”, mi vida empeora. O más aún: mi vida sólo puede mejorar si ese “otro” es eliminado o marginado; su exclusión es una condición para que yo me pueda desarrollar, etc. Es decir: la disputa con ese “otro” se traslada desde lo político a lo personal. Es mi enemigo porque su presencia, sus comportamientos, sus modos de vida, actúan directamente contra mí y me perjudican. No son sólo sus ideas: es él –o ella- mismo lo que hay que erradicar. Por lo cual, lo que intervienen son dimensiones profundamente emocionales. Proponen un deslizamiento parcial desde el pacto social al estado de naturaleza.

Ese estado de naturaleza, ¿implica características salvajes para la convivencia entre la población?

-Quien se siente representado por el discurso excluyente percibe que no se puede convivir con el “otro” en un mismo territorio. Por eso ese “otro”, al que es necesario excluir, se transforma en blanco de insultos y agresiones. Si ese otro son los inmigrantes se tratará de que no ingresen al país; si, en cambio, son un sector de la población ya residente, se intentará derrotarlos, excluirlos o marginarlos; y si, por el contrario, ese sector residente gana las elecciones, entonces, será el sector que tiene la conducta expulsora el que declarará que se va del país. Esto último es lo que sucede periódicamente con la revalorización del Uruguay como patria sustituta. En todos los casos, mi vida depende –siente el sujeto amenazado- de que el otro desparezca.

¿Qué se está logrando con la instalación de este tipo de discurso en la cotidianidad del ciudadano argentino de a pie?

-Implícitamente, estas variantes de la derecha extrema reponen la violencia que había sido excluida por el pacto democrático consensuado en 1983. Estas nuevas culturas políticas superponen términos considerados por mucho tiempo divergentes: las superposiciones, por ejemplo, entre democracia y violencia, o entre democracia y exclusión. La violencia verbal, las agresiones, los insultos se sitúan en los umbrales de la violencia física: los cuerpos que antes fueron desaparecidos ahora también lo serían, pero, ante la imposibilidad de hacerlo, se procede sobre ellos con una violencia apenas sublimada que busca estigmatizar, excluir y marginar. La lucha es personal: hay un “otro” que me perjudica directamente a mí; y es a ese, al que me perjudica, a quien hay que excluir o eliminar.

“El lawfare tiene en su centro de gravedad al aparato de medios hegemónicos”.

¿Cuáles serían los métodos para alcanzar estos propósitos de eliminación y/o exclusión?

-Uno de los procedimientos más perversos de exclusión tuvo lugar durante la dictadura: la desaparición de personas como un mecanismo de sustracción de la visibilidad de las víctimas. En los regímenes donde predomina el lawfare, sucede lo contrario: en lugar de desaparición hay plena visibilización de los perseguidos.

¿Por qué se da esta diferencia?

-Porque el lawfare, en oposición a la dictadura, no tiene al sistema represivo en su centro de gravedad sino al aparato de medios hegemónicos: de allí que en lugar de desaparición haya visibilización intensa, para estigmatizar y luego destituir, marginar, excluir o encarcelar. Los libertarios, asociados al sistema de medios hegemónicos, continúan con parte de esa práctica: en lugar de desaparecer, visibilizan para insultar, estigmatizar y marginar.

¿Por ejemplo?

-En su programa de radio, Milei se refirió así a otros diputados y diputadas: “¿Por qué no te vas a la concha de tu madre? Para eso te pagamos. Inútil” o “Hija de puta, la concha de tu madre. Pedazo de mierda. No servís para nada”. Así Milei falsamente presenta: de un lado, el trabajo y la producción; y del otro, la inutilidad y la vagancia.

¿Este modo procede desde su naturalidad o de un adiestramiento profesional?

-Lilia Lemoine, la mujer que diseña la imagen del “superhéroe Milei”, declaró: “Empecé a trabajar en “El Consultorio de Milei” como maquetista y experta en efectos especiales. Yo hacía la maqueta del Banco Central que Javier hacía estallar al final de la obra. Como hago trajes y creo personajes, le propuse convertirse en un superhéroe y le encantó”. Por eso, el candidato libertario es objeto de un doble proceso de mediatización: cuando llegan las cámaras se encuentran con alguien que ya ha sido mediatizado, es decir, ha sido maquillado, vestido y caracterizado como un personaje de comic, rodeado de humo blanco, dotado de diversas técnicas expresivas. Esta nueva derecha libertaria es una mezcla de ideología ultraliberal y entretenimiento televisivo.

En las recientes elecciones han obtenido resultados “exitosos” candidatos cuyo discurso, y su manera de verbalizarlo, transgreden todas las fronteras de la guaranguería, la procacidad y la vulgaridad. ¿Cuáles espacios son los que más se abastecen de este método?

-El caso más notorio, para mí, es el de espacio político de quienes se autodenominan libertarios. Los libertarios, específicamente, intervienen en el lenguaje desorganizando las identidades preexistentes. No actúan construyendo su identidad en oposición a otra identidad de la cual se diferencian, por ejemplo, macristas, kirchneristas, lavagnistas, etc. Su oposición es contra la totalidad del sistema político… ¡en el cual participan! Ellos no se oponen a otra posición política, se oponen a la política misma, a lo que denominan “la casta política”. Por eso su primera operación es la homogeneización. Así quedan solo dos posiciones: ellos (y los sus iguales) versus el resto de la política, que es definida, en su totalidad, como la izquierda, el comunismo o la socialdemocracia. Javier Milei define a Horacio Rodríguez Larreta y a María Eugenia Vidal como chavistas. Reemplazan las identidades preexistentes por una nueva que aglutina a todo los que no son ellos mismos: los políticos inútiles, corruptos y populistas. Según Milei: “Los radicales son la internacional socialista. Por lo tanto, son socialistas”. “La Coalición Cívica está todavía más a la izquierda y en el caso del ala de las palomas de Juntos por el Cambio, del PRO, claramente son una expresión socialdemócrata (…)” “Si tomás cualquier discurso de (Hugo) Chávez, tanto Vidal como Horacio Rodríguez Larreta, si no le decís que es de Chávez, te lo firmarían…”.

-¿Por qué podrían empatizar los votantes argentinos con los candidatos “violentadores”?

-Puede que se produzca una identificación por sentirse objeto común de una “injusticia”. El populismo es presentado como un régimen que le saca a los que trabajan para darles a los que no trabajan. Percibirían allí un estado de injusticia estructural: alza de los impuestos para sostener a una parte del país que no produce. Hay entre la ciudadanía y la dirigencia una relación contractual fallida: los ciudadanos creen que les pagan a políticos que no devuelven con su trabajo esos ingresos que reciben. La democracia, pensada de este modo, sólo puede producir odio: porque extrae recursos de los que trabajan y se los da a los parásitos. Así, el populismo es un régimen donde está rota la relación entre beneficio y esfuerzo. Hay una reacción a la improductividad de la democracia. La utopía que mueve a los libertarios es la de extraer de la democracia a la política de tal modo que en la democracia solo queden los intereses corporativos.

El populismo es presentado como un régimen que le saca a los que trabajan para darles a los que no trabajan

FUENTE: La Nueva Mañana

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