Por Luis Eduardo Swim
Apuntes para la Soberanía Tecnológica (I)
El especialista en energía nuclear, autonomía y soberanía tecnológica realizó un trabajo que analiza la importancia de la Soberanía Tecnológica y por qué aún es una tarea pendiente. Motor Económico, lo compartirá con sus lectores y lectoras en cuatro entregas. Aquí la primera.
Soberanía Tecnológica, una tarea pendiente
(Por Luis Eduardo Swim (Especial para Motor Económico)
I – Prólogo
La construcción de Soberanía Tecnológica (ST) es una tarea pendiente y también olvidada – en los dos siglos de historia del pais, y muy especialmente en la Argentina moderna, durante la mayor parte del último siglo. Es - a la vez- una herramienta esencial para la comprensión de los caminos requeridos para una sociedad que necesita potenciar su desarrollo industrial y tecnológico. Por ello en la serie de notas que inauguramos hoy intentaremos enfocarnos en su importancia y en las condiciones necesarias para su construcción, tanto a nivel de la participación del Estado, pero – y sobre todo- a nivel de la propia sociedad argentina y de la comunidad científico – tecnológica. No es el propósito central de estas notas analizar modelos de organización científico - tecnológica de un país, en particular de la Argentina, entre otras cosas dado que la constitución de un sistema de desarrollo inclusivo y la integración del mismo a nivel macro – económico ha sido ya exhaustivamente desarrollada (entre otros autores) por Eduardo Dvorkin. Y los ejemplos de adopción de actitudes soberanas en cuanto a aspectos esenciales al desarrollo de una Nación han sido muy reveladoramente descriptos por Marcelo Gullo.
Pero la propuesta sí es repasar aspectos vinculados a la implementación y consolidación de acciones y políticas de Soberanía Tecnológica, los factores que la condicionan desde afuera, y las limitaciones y preconceptos que exhiben la propia sociedad y la propia comunidad de CyT al interior del país.
II - La Paradoja Ideológica: los aspectos culturales y la influencia mediática
Una de las dificultades de la identificación, la construcción y el sostenimiento de ST radica en que es un valor que debe trascender – y en la práctica así ocurre en los países que la han alcanzado- la ponderación de un determinado gobierno respecto de ciertos grupos de afinidad, ó su orientación ideológica y económica. Entonces, el primer aspecto a comprender en la búsqueda de la ST, es que ella es un valor trascendente para una Nación, y por tanto la adhesión a una determinado partido político ú orientación ideológica no deben implicar una resistencia ciega a su desarrollo y consolidación cuando se actúa desde la oposición.
En el orden internacional, y a nivel de los Estados, la consolidación de ST es una meta perseguida tanto por las potencias industriales como por países que definidos como “potencias intermedias” (como es visualizada la Argentina en términos de la diplomacia internacional), incluso por países relativamente pequeños. Es válido tanto en sistemas de economía centralizada ó para un sistema de corte netamente capitalista. Y es sostenida por gobiernos conservadores, con ideologías de derecha como también por países con gobiernos con liderazgos de izquierda, ó tendencias socialistas. De modo similar, pueden identificarse políticas de ST tanto en regímenes totalitarios como en democracias progresistas, en países con sociedades marginales, como en otras comunidades con mayor inclusión y características más igualitarias.
Así, la soberanía tecnológica ha sido alentada por los sistemas de promoción científico-tec nológica en Alemania ó Francia (estados capitalistas asociados con la industria privada pero con fuerte presencia y orientación de los organismos de VT y las agencias de los respectivos Estados). Pero ha sido tambien una meta perseguida por Estados con sistemas de fuertes corporaciones estatales (China hoy, Rusia en alguna medida). Y – por supuesto - vale para un sistema capitalista por excelencia como son los EEUU.
Sin pretender una polémica asignación de etiquetas (y siguiendo por el mismo motivo un orden alfabético), creemos que sería difícil cuestionar que países tales como Alemania – Brasil - Canadá – China - Corea del Sur - Corea del Norte – EEUU - Finlandia – Francia – India – Irán – Israel – Noruega – Pakistán- Reino Unido – Rep. Checa - Rusia – Sudáfrica - Suecia, por citar sólo algunos casos más evidentes ó conocidos, son países que han alcanzado niveles de Soberanía Tecnológica relevantes, si bien diferenciados entre sí (en algunos sólo parciales ó restringidos a objetivos y áreas tecnológicas muy puntuales). Todos ellos tienen como denominador común de sus políticas la consolidación del desarrollo tecnológico en nichos estratégicos, el respaldo a la formación de recursos humanos y a cierto desarrollo industrial en esas áreas, en muchos casos con fuerte intervención de los respectivos estados nacionales.
Algunos de estos ejemplos nos resultarán ciertamente más familiares y “aceptables”, mientras que otros –seguramente y dependiendo de la orientación cultural y política del lector – pueden ser un poco más incómodos de digerir/aceptar y resultan frecuentemente “penalizados” en el imaginario colectivo.
Así, visualizar a las políticas de desarrollo tecnológico como patrimonios y “activos” culturales obvios de las potencias económicas y como iniciativas y líneas de desarrollo naturales aplaudidas y admiradas, pero que – a la vez- resultan ignoradas ó cuestionadas cuando quien las impulsa en una nación periférica, constituye una paradoja ideológica que las sociedades nacionales y – especialmente- las comunidades científico tecnológicas locales deben resolver. Esta paradoja va de la mano con aspectos culturales muy profundos que, sumados a la influencia mediática global, no hace más que consolidar la auto-marginación de los países periféricos, y la de sus respectivas sociedades (incluso en el caso de las potencias medias ó regionales) del desarrollo industrial. Hay una concepción/justificación sencilla de que podemos quizás hacer investigación científica hasta cierto nivel de desarrollo y de manera individual, pero que determinados emprendimientos tecnológicos “no son para nosotros”, es más fácil comprar afuera, gastar menos y que “nos guíen los que saben”.
Es necesario entonces analizar ciertos preconceptos culturales instalados por los vaivenes y frustraciones históricas en la orientación de nuestros gobiernos en cuanto al desarrollo tecnológico, por nuestro presente, por el impacto mediático global y los intereses del poder económico.
En Latinoamérica varios países con una tradición democrática destacada dentro de la región no han tenido, ni intentado asumir –siquiera regionalmente ó sectorialmente- políticas de ST y de desarrollo de bienes con alto contenido de valor agregado en áreas estratégicas.
Por el contrario, gobiernos ideológicamente autoritarios e incluso dictatoriales han respaldado determinadas líneas estratégicas nacionales. Esto es observable también a nivel global. Esto no significa –desde luego- que un desarrollo científico-tecnológico independiente sea antinómico con la vigencia de un Estado de Derecho “formalmente razonable”, y – por supuesto- no es el propósito de estas líneas abonar semejante teoría.
Pero lo que quisiéramos remarcar aquí es que es común encontrar cierto desinterés de las sociedades nacionales de los países periféricos y aún en las potencias intermedias ó regionales (entre las cuales es considerada la Argentina internacionalmente en términos diplomáticos) por el desarrollo tecnológico. Algo así como un cierto temor a ese desafío para el cual se asume que las sociedades nacionales -y los respectivos gobiernos- de los países periféricos e incluso de esas potencias regionales no están habilitados ni capacitados.
El grado de disrupción/conflicto que requiere el impulsar políticas de desarrollo, la “insubordinación fundante” que implica para una sociedad en su conjunto – como lo expone Gullo2 – el perseguir y alcanzar objetivos de cierta autonomía tecnológica en áreas específicas (aunque estos sean limitados/modestos) se encuentra en muchas ocasiones ausente de las prioridades en esas sociedades. Esta es una concepción difundida y (auto) aceptada en buena parte de las mismas, particularmente en el caso de la Argentina.
Estas comunidades (y sus clases políticas muchas veces cómplices de la inacción en estas áreas), muy críticas y muy presentes en la discusión política en otros frentes, terminan “descansando ó adormecidas” en esas democracias formales – más ó menos consolidadas, más o menos imperfectas - e ignorantes respecto a la trascendencia de estos tipos de desarrollos.
En esta concepción, se considera la inversión del Estado en líneas de desarrollo de productos tecnológicos sofisticados (radares, satélites, productos sofisticados de la industria metalúrgica, reactores nucleares, productos biotecnológicos, productos de alto valor agregado en general– hardware, software – para la industria agropecuaria, etc.) como un lujo que “no es para nosotros”. En la idea dogmática madre - sostenida fuertemente durante los 90´s y ahora nuevamente impulsada…- que visualiza a la Argentina como “(sólo) un país de servicios” todos estos productos “pueden comprarse afuera”, y - en el mejor de los casos- deberíamos dedicarnos a explotar las ventajas competitivas del campo, para generar con mejor eficiencia mayores volúmenes de producción primaria e importar toda clase de productos sofisticados (y de paso también los suntuarios...como la experiencia lo ha demostrado).
Este “razonamiento congelado” añora y piensa en el país agroexportador fines de los años 50, con 20 millones de habitantes, por aquel entonces con una industria automotriz muy incipiente, en un mundo bipolar, no globalizado, con un esquema económico primario y relativamente aislado del contexto global. Paradójicamente, en un contexto actual de apertura económica descontrolada, para un mundo cada vez más proteccionista y con una Nación que cuenta con más del doble de la población de esa época. Un supuesto desarrollismo retórico, pero sin medidas que alienten un desarrollo real.
El siguiente engaño de esta clásica reivindicación histórica de la Argentina agroexportadora – y perfectamente alineado con ese razonamiento- , es el “deslumbramiento” comparativo con los supuestos logros de países como Uruguay ó Nueva Zelanda. Razonamiento interesante por lo absurdo, ya que se comparan problemáticas económicas de países que cuentan con menos del 10% de la población argentina. Y cuyas economías en buena parte se nutren de potencias regionales vecinas (Argentina y Brasil en el caso de Uruguay, Australia en caso de Nueva Zelanda), especialmente en aspectos energéticos y tecnológicos. Tamaños diferentes, necesidades diferentes, soluciones diferentes.
Puede entonces un país como la Argentina – octava extensión más grande del mundo, 25to. PBI global, 50 millones de habitantes - por más organizado ó completo que fuera su sistema democrático y por más periférico que este sea desde el punto de vista de su perfil e influencia militar, trascendencia geopolítica, etc., olvidar ó prescindir de la búsqueda de una Soberanía Tecnológica que sea herramienta de soporte a un desarrollo tecnológico autónomo, aún selectivamente?
Porqué esto debe importarnos como sociedad y como comunidad tecnológica? Porqué el desarrollo de la soberanía tecnológica de una Nación es un valor ó una meta que debiera trascender a los gobiernos y ser una política de Estado?
Una primera respuesta - de muchas-, es porque la ST es una semilla y una herramienta de labranza del desarrollo industrial. Y porque es también una concepción de necesidades tecnológicas y aprovechamiento de oportunidades comerciales. Que no debe ser antinómica con las urgencias de una sociedad brutalmente desigual y socialmente injusta, al contrario, es precisamente por eso que tenemos que tener un “Norte” que permita que el conocimiento y la tradición culturales de este país en áreas científico - tecnológicas sean potenciados.
En muchos de los casos de los países mencionados al comienzo de este nota, las decisiones soberanas sobre la promoción de líneas de desarrollo tecnológico autónomas respaldadas por el Estado, sea como parte de un proyecto de Nación, sea como explotación de oportunidades de negocios ú ocupación de nichos tecnológicos, son principios de gobierno indiscutidos.
- Especialista en energía nuclear, autonomía y soberanía tecnológica.
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