Opinión

Antonio Muñiz

35 años. La democracia y el neoliberalismo. Historia de una frustración

(Por Antonio Muñiz (Especial para Motor Económico)) El 10 de diciembre de 1983 se dejaba atrás el golpe de estado más violento, cruel, pero también más coherente desde lo ideológico que puso en jaque a las instituciones de la democracia argentina durante el siglo XX.

El proceso cívico militar iniciado en 1976, con sus secuelas de muertos y desaparecidos, de terror y atraso cultural, de miseria y destrucción de la economía productiva, fue la tentativa más sólida de nuestra historia política por imponer un modelo de sociedad pre peronista, modelada bajo los intereses de la elite oligárquica histórica, la gran burguesía concentrada, los lineamientos político y económicos del Consenso de Washington y la Comisión Trilateral y tutelada por los fusiles del poder militar.

El “fracaso” del Proceso fue marcado sobre todo, por la derrota militar en Malvinas, pero también por la situación económica, política y social imperante. Sin embargo muchos de los “errores” fueron objetivos claros del proceso.

El país registró en 1974/75 los indicadores de actividad industrial y participación de los asalariados en la economía más altos de su historia y las tasas de desempleo y desigualdad más bajas, al igual que la relación entre la deuda pública externa y el Producto Interno Bruto (PIB). En ese año la Argentina alcanzó su máximo nivel de industrialización y las menores tasas de desempleo y desigualdad.

Las políticas económicas del proceso cívico militar iniciaron una serie de medidas destinadas a romper la estructura industrial montada hasta el momento. Se iniciaría una política económica basada en el neoliberalismo, que privilegiaba las actividades rentístico-financieras por sobre las productivas, primarizacion de la economía, servicios, industrias concentradas y extranjerizadas, con una gran deuda externa, que financió todo ese proceso pero condenó el futuro de la Argentina en las siguientes décadas.

Este proceso, aunque incompleto, por sus contradicciones internas, más la poca viabilidad económica y política, dejó una huella de ruptura, no solo con el pasado industrializador de ciertos sectores sociales, sino que también generó una grieta social que rompió de alguna manera los lazos sociales que habían imperado durante los anteriores cincuenta años. (1)

Estas políticas neoliberales, con sus secuelas de ajuste permanente, pobreza, exclusión, destrucción de las Pymes y el trabajo, generación de deuda y fuga de capitales, apuntan siempre a una pauperización de las clases populares y medias y una sumisión a las políticas del FMI. Los intereses de EEUU en la región mantuvieron su continuidad en los gobiernos siguientes. Alfonsín, con los planes Austral y Primavera, que culminaron con una híper inflación del 1400 por ciento durante el final de su mandato y el comienzo del menemismo. Menem profundizó estas políticas y además consolidó la privatización de los servicios públicos, la desindustrialización y la extranjerización de toda la economía; el gobierno de la Alianza no pudo ni supo desmontar la convertibilidad en crisis. Ésta le estalló en las manos, marcando el final de la penosa experiencia neoliberal en una crisis casi terminal para la Argentina. (2)

Cuesta abajo

Hacia 1974, la Argentina registraba una tasa de desocupación del 2,7 por ciento, 8 por ciento de pobreza y apenas un 10 por ciento de informalidad laboral.

De allí en más comienza un franco deterioro en la distribución del ingreso al calor de políticas neoliberales de ajuste permanente que marcaron el periodo desde 1976 hasta la crisis final del modelo neoliberal en 2001. Por ejemplo la desocupación pasa de 2,7 por ciento en el ´74, 17,5 durante el menemismo y llegando al 21,5 por ciento en la crisis 2001/02.

La participación, cercana al 50 por ciento, de los asalariados alcanzó su máximo histórico hacia el año 1974. Desde entonces, la tendencia ha sido –con grandes oscilaciones– decreciente, con niveles muy bajos durante la última dictadura militar, así como durante la crisis hiperinflacionaria de la década de 1980. Si bien los primeros años de los noventa presentan una recuperación relativa, volvió a descender sostenidamente hacia el final de la década.

Es así que desde 1974 hasta el 2015 la caída del salario real es cercana al 40 por ciento. De la mano de las políticas neoliberales se consolida una fuerte fragmentación entre los distintos sectores y rubros y sobre todo entre los registrados y los que no (en negro).

Otro índice que marca la decadencia del país, fruto de décadas de neoliberalismo, lo indica la evolución del índice Gini, que de 0,35 en 1974, pasó a 0,40 durante la dictadura y a 0,46 durante el alfonsinismo, 0,50 en el gobierno de Menen y 0,55 durante la crisis del 2001. Este índice que mide el nivel de igualdad social, donde 0 es el mayor índice de igualdad y 1 el máximo de desigualdad, baja a 0, 364 para el primer trimestre de 2015, cercano a los valores del ´74.

Está claro que los peores índices macro económicos se dieron durante la crisis 2001/2003, con índices muy altos de pobreza, indigencia, desocupación e inflación, El proceso de salida de la crisis, comenzado por Duhalde, y continuado y profundizado por Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, significó un quiebre en el largo invierno neoliberal (1976/2001).

En ese periodo, todas las políticas estuvieron orientadas a re industrializar, crear pleno empleo, desarrollo del mercado interno, paritarias libres, la búsqueda de la integración política y comercial con los países de la región, políticas sociales de inclusión y asistencia hacia los sectores más pobres y vulnerables. Todas esas políticas permitieron una mejora sustancial en la economía, pero sobre todo en el plano social y cultural, ya que el trabajo como eje es fundamental en la construcción de una sociedad más justa e integrada.

Por supuesto hubo errores y limitaciones, pero el balance general es altamente positivo.

Sin embargo, producto de errores y contradicciones internas, nuevamente un partido de ideología neoliberal ha vuelto a tomar el gobierno partir de 2015, esta vez llega con la fuerza de los votos y con consensos para la aplicación de estas viejas recetas neoliberales.

Los resultados de los primeros 3 años del gobierno de Mauricio Macri muestran un escenario muy preocupante no sólo por los pésimos resultado económicos, sino también por los altos índices de corrupción interna; deterioro de las instituciones democráticas, la colonización de la justicia, al servicio del gobierno de turno y usada como arma de persecución de la oposición; un programa económico impuesto por el FMI de ajuste, endeudamiento y saqueo de la riqueza de los argentinos; presos políticos; concentración de medios audiovisuales que operan como voceros de las política gubernamentales y una situación de violencia institucional destinada a amedrentar el conflicto social, entre otras. Situaciones estas que nos llevan a etapas pre democráticas y autoritarias.

En cuanto a los números de la economía tenemos el índice inflacionario más alto desde los últimos 27 años, cercano al 50 por ciento anual; una deuda externa de más de 150 mil millones de dólares; fuga constante de divisas; ajuste impuesto por el FMI que es imposible de cumplir, por lo que iniciamos periodo de ajuste tras ajuste hasta llegar al default más temprano que tarde; cierre de Pymes, sobre todo aquellas que operan sobre el mercado interno y la pérdida de más de 100 mil puesto de trabajo en blanco. El aumento de la pobreza y la indigencia llega a niveles cercanos a la crisis del 2001, producto del alza de los servicios públicos más el aumento de precios dolarizados sobre los alimentos más básicos. Hoy más de 13 millones de argentinos son pobres y peor uno de cada 2 niños es pobre.

Vamos hacia un escenario terrible con consecuencias sociales imprevisibles y de larga permanencia en el tiempo.

Es indudable que el balance de estos 35 años de democracia deja un saldo negativo en cuanto a las cuestiones y necesidades de amplias franjas de la población. Hoy vivimos por debajo de los estándares de la década del 70. El deterioro de la calidad de vida de los sectores populares y medios es notorio, acentuada en los últimos 3 años.

“Con la democracia, se cura, se come y se educa” idea fuerza de la campaña alfonsinista demostró ser falaz. La democracia formal que vivimos no puede dar respuesta a las cuestiones básica, por eso su desprestigio y el desprestigio de la clase política.

En realidad vivimos bajo una democracia formal débil, cooptada por los grandes grupos económicos y la política de los países dominantes. Solo así es posible explicar como un gobierno minoritario en las cámaras, que ganó por escaso margen, que incumplió todas sus promesas electorales, pueda en meses desmontar el andamiaje construido por los 12 años de kirchnerismo, que pueda entregar el patrimonio común de los argentinos a los intereses extranjeros, endeudarnos en niveles ni siquiera alcanzados por la dictadura militar, empobrecer a la clase media y populares, encarcelar opositores y poner a toda las leyes entre paréntesis, para uso y provecho de su clase social.

En realidad vivimos en una sociedad cuya institucionalidad está basada en reglas republicanas del siglo XIX, donde no se permite que el pueblo “delibere y gobierne”. Y donde cualquier acción popular opositora al régimen puede se castigada bajo el delito de sedición.

Es necesario avanzar en mecanismos de “delegación” y no de “representación”, delegaciones que puedan ser revocadas en cualquier momento por el voto popular.

En realidad, la democracia que vivimos es un gran aparato legal y cultural, comenzando por la aberrante constitución de 1994 y todo el andamiaje legal pergeñado por la dictadura y perfeccionado por Menen -Cavallo destinado a cuidarle los privilegios a los dueños del poder económico y los intereses extranjeros.

Todo este aparato, que regula y da forma al Estado, está destinado a favorecer los intereses de la banca, en especial la extranjera, a la oligarquía, “dueña” histórica de la Argentina, a la empresas monopólicas, y en general a todos aquellos sectores que se apropian de la renta de los sectores populares.

La construcción de otra democracia requiere que el pueblo sea actor y sujeto directo, donde prime la voluntad popular a través del voto pero, también a través de la participación directa, donde los derechos civiles, pero también los sociales sean derechos reales y no meras menciones como el artículo 14 bis de nuestra Constitución.

La construcción de una nueva democracia requiere modificar nuestra Carta Magna. Pero esta Constitución y todas las leyes complementarias que se deben dictar para poner límites a estas periódicas restauraciones neoliberales, para que las instituciones del estado estén a servicio del pueblo, deben tener encarnadura en la voluntad popular. Leyes dictadas a espaldas del pueblo, entre cuatro paredes por legisladores y juristas, pero sin una activa participación popular solo serán letra muerta, como tantas otras leyes y antecedentes constitucionales.

Notas

1) La Posguerra, Programa Para La Reconstruccion, Aldo Ferrer

2) Historia económica, política y social de la Argentina (1880-2003) de Mario Rapoport

  • Presidente del PJ Lujan

Foto: Ricardo Benedetti

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