Eugenio Zaffaroni
Colonialismo vs. Desarrollo
(Por Eugenio Zaffaroni (*)) El colonialismo renueva sus mecanismos de condicionamiento en el conflictivo camino de las sociedades hacia el desarrollo. En un contexto planetario en el que el capital financiero domina a la política, achicar el Estado se traduce en ampliar el espacio de dominación colonial. No se trata sólo de pensar en una nueva Constitución, sino en un nuevo modelo de Estado.
Los procesos de transformación progresiva de las sociedades son formas de avance del desarrollo humano y consisten en ampliaciones de la ciudadanía real. El ideal es la provisión de lo necesario para que cada uno de sus habitantes pueda realizar su proyecto existencial, o sea, llegar a ser lo que elija ser en coexistencia.
Esto no implica pretender que haya menos ricos –como superficialmente se pretende a veces-, porque la disminución de ricos no se traduce necesariamente en una correlativa disminución de pobres y menos aún, en una ampliación del espacio social. Se trata de evitar la enorme concentración de riqueza que hace que algunos acaparen lo que no podrían gastar en cientos y hasta miles de vidas, en perjuicio de otros que carecen de lo elemental para sobrevivir.
Lejos de cualquier dogmatismo político ni ilusión de sociedad sin clases, de lo que se trata -en el plano de lo más inmediato y posible- es de encaminar a la sociedad hacia un mínimo elemental de equidad social.
Cuando una sociedad ensaya este camino en lo político (porque su cultura lo reclama) choca con las resistencias de los privilegiados en procura de una mayor concentración de riqueza. Por ello, el camino del desarrollo humano no es lineal ni pacífico, sino conflictivo.
La antítesis del desarrollo humano es el colonialismo. No hay justicia social sin independencia económica y soberanía política, puesto que una sociedad colonizada se verá forzada a trabajar para otros, en lugar de hacerlo para sí misma.
El colonialismo podría redefinirse como el condicionamiento del subdesarrollo de una sociedad por un poder hegemónico extraño a ella. Desde hace mucho, este objetivo se viene obteniendo sin asumir la forma originaria de ocupación policial del territorio por parte de una potencia colonialista, sino que se vale de sectores internos proconsulares que les ahorran ese trabajo, puesto que se prestan a ser aliados de sus programas de subdesarrollo humano. En nuestro país, otrora fue la oligarquía (el régimen falaz y descreído de Hipólito Yrigoyen, desmontado por Juan Domingo Perón), luego nuestras propias Fuerzas Armadas convenientemente alienadas (la dictadura genocida) y, finalmente, los pragmáticos del neoliberalismo económico.
En el actual momento de poder planetario, en que el capital financiero domina a la política, su principal objetivo es la destrucción de las estructuras estatales o bien su debilitamiento. Cuanto menos Estado, menos soberanía, menos independencia, más subdesarrollo, desorden y caos, menos resistencia para la explotación del trabajo de la sociedad subdesarrollada y para la entrega de sus recursos naturales.
“Achicar el Estado es agrandar la Nación”, fue el lema perverso del régimen genocida y de los continuadores de su política económica, cuando la verdad es que achicar el Estado es agrandar el espacio de dominación colonial.
El debilitamiento de los Estados, impulsado por el colonialismo avanzado o financiero, es el obstáculo que deberá vencer toda sociedad que pretenda abrirse paso hacia el desarrollo. Su lucha tendrá lugar en un mundo hostil, en que el colonialismo financiero le opondrá toda la fuerza de su poderosísima maquinaria transnacional.
Con ese objetivo compra voluntades, se vale de traidores, sicarios y mercenarios no sólo físicos, crea realidades mediáticas falsas con sus monopolios de comunicación, destruye la honra de quienes se les opongan, confunde a las poblaciones, aterra a las clases medias, neutraliza a los más nobles movimientos igualitarios, estafa con las publicidades más absurdas, se infiltra en todas las burocracias, vigila con sus servicios secretos, pervierte el lenguaje jurídico, corrompe cuantos estamentos le sean hostiles, siembra odio y potencia conflictos entre los propios excluidos, arrasa con todos los límites éticos y legales y, cuando todo eso le es insuficiente, acude a la violencia y al crimen.
Cuando en nuestros días se emprende el camino del desarrollo humano, resulta extremadamente ingenuo –por no decir suicida- no tomar en cuenta el marco de poder planetario actual y su enorme potencialidad destructiva. Más aún lo es perder de vista que la regresión financiera tiene como principal objetivo la destrucción o el debilitamiento de los Estados
La tarea de transformación social hacia el desarrollo humano es de naturaleza política, económica y cultural. Pero un desarrollo humano consciente debe saber que se trata de una lucha sin límite, en que cada posición que se arranca al colonialismo, sustrayéndola al subdesarrollo, debe consolidarse y protegerse. Valga la metáfora militar: ningún ejército que avanza deja desprotegidas las posiciones que consigue.
Seguramente, en esta metáfora pensó Perón en 1949, cuando sin ser jurista, creyó necesaria una nueva Constitución, porque era consciente de que estaba construyendo un nuevo Estado, configurador de una sociedad menos desigual.
Yrigoyen había pensado que le bastaba con dar vida a la Constitución y al modelo pensado en 1853-1860, muerto en el papel. Para regresar, la reacción tuvo que romper la vigencia constitucional, llevar a un fascista al poder, fusilar, encarcelar, exiliar, proscribir al partido mayoritario, volver al fraude electoral.
Por cierto que la etapa de Perón fue arrasada, pero también a costa de crímenes que ensuciaron para siempre la memoria de sus protagonistas: bombardeo de la Plaza de Mayo, proscripción del partido mayoritario, ametrallamiento de población, fusilamientos sin proceso, derogación de una Constitución por decreto dictatorial, fracaso de la convocatoria a una nueva reforma y, finamente, entrega del poder formal antes de tres años.
Hoy el colonialismo avanzado recurre a otros medios: se vale de los defectos institucionales, de una justicia mal programada, de los medios monopólicos y de la corrupción sistémica.
Un ejecutivo surgido de una mayoría muy estrecha y con un mandato de cuatro años, logra extorsionar a los gobernadores y, por este medio, manipular un Congreso en el que no tiene mayoría y poner en la cúpula judicial a quien quiere, al tiempo que pretende desbaratar la independencia del Ministerio Público, eliminar a una Procuradora y, en lo estructural, compromete una deuda externa que demoraremos muchos más años que los de su mandato para pagar.
Ante esta realidad, sólo alguien alienado puede pretender que nuestra Constitución es republicana: se acabó el sistema de pesos y contrapesos. Quien pretenda que es democrática, será hipócrita o también alienado: la creación de realidad mediática única no son propios de ninguna democracia, sino de los totalitarismos.
Es más que obvio que nuestro modelo de Estado no es el que requiere la lucha por el derecho humano al desarrollo progresivo, sino que, por el contrario, al permitir el debilitamiento de nuestro Estado, es altamente funcional al subdesarrollo. Nuestra sociedad aspira culturalmente al desarrollo, pero nuestro Estado, que en los hechos dejó de ser republicano y democrático, es directamente suicida.
Además de estos defectos, nuestra Constitución nada dice de Fuerzas Armadas, de policías, de coparticipación federal, de prohibición de monopolios, de garantía de pluralismo mediático, de contratación de deuda, de recursos naturales, de medio ambiente y de un sinnúmero más de materias que son en la actualidad moneda corriente en el constitucionalismo comparado.
Nuestra justicia está en manos de una cúpula de cinco personas, que son la última instancia de todos los procesos que se juzgan en el país. Nuestro control de constitucionalidad es uno de los más endebles del mundo: más que la vigencia de las leyes máximas, es directamente caotizante.
Ha llegado el momento de pensar en un nuevo modelo de Estado. No se trata sólo de una Constitución, que de poco valdría de no ser parte de una decisión política con implicancia económica y acorde a nuestra cultura, producto de dolorosas experiencias anteriores. Un Estado para el desarrollo humano debe ser cuidadosamente meditado como idea fuerza para retomar, precisamente, el camino hacia el desarrollo humano.
No se trata de una idea fuerza destinada a ser hegemonizada por una corriente política, sino que debe ser abrazada por todas las que quieren marchar por el mismo camino de desarrollo. Algunos querrán ir más rápidamente, otros más conservadores más lentamente, pero lo importante es andar en la misma dirección y fijar nuevas reglas de juego para discutir y disputar luego por la velocidad y optimización del avance. Los que quedan del lado del desarrollo deben tener reglas claras para disputar entre ellos, pero, al mismo tiempo, para que no se infiltren los que se juegan por el colonialismo.
No es posible confundir una alternancia democrática y republicana con el colonialismo: entre desarrollo y colonialismo no hay alternancia, sino sólo avance y regresión. Cuando se nos coloniza valiéndose de nuestros defectos institucionales, es preciso hacernos cargo de estos con urgencia. De nada valdrá un futuro triunfo político momentáneo, que no sería más que un festejo pasajero si se dejasen abiertas las brechas institucionales para una nueva regresión.
- Profesor emérito de la UBA y juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
(*) Fuente: Revista Turba
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