Opinión

Por Julio Santamaría

El Comandante ha muerto

(Por Julio Santamaría (*)) Cuando escuché la noticia, cerca de las tres de la mañana del sábado 26, estaba por acostarme. Había pasado largo rato en la computadora. Nada recibí hasta el momento de encender la radio junto al oído.

Como es sabido esta noticia era esperada, creo que mundialmente, ya sea por aquellos que lo queríamos por su tarea al frente de la Revolución cubana y ser un hito en la política estratégica por una América Latina independiente, como para aquellos a los que su deceso les daría una cuota de siniestra alegría. Fidel Castro no ha pasado inadvertido por el planeta. Su clara percepción de la historia y su sabiduría para transmitir su mensaje no han sido vanos.

Pocos como él han sabido manejar el poder con tanta claridad en pos de un objetivo concreto: la liberación de este continente de la opresión norteamericana. Su avanzada edad no logró destruir un ápice de su agudeza mental, en estos años ya fuera de sus obligaciones de gobierno, dedicado a alertar sobre el despropósito de destruir el planeta con el consumo exagerado de sus recursos naturales, por otra parte no renovables.

Bregó incansablemente por que la humanidad entienda que el planeta es único y no tiene dueño, tratando que nos hiciéramos cargo de la parte que nos toca a cada uno. Estadista brillante, pocas eran las cosas de las que no estuviera informado a fondo.

Quería a la Argentina mucho más allá de la relación de afecto que tuviera con el Che Guevara, compañero de horas decisivas en Sierra Maestra. En nuestro país vivía una prima hermana de Fidel, Anita ya que su padre, hermano del padre de Fidel constituyó aquí su familia al llegar de España. De modo que Anita vivió largos años en Azcuénaga casi Av. Rivadavia y contaba que el Comandante la invitó a la isla en varias ocasiones. Allí él solía pedirle que le preparara lentejas, que era uno de sus platos preferidos.

La particularidad es que Fidel tenía horarios muy poco convencionales y podía aparecer a las tres de la mañana para cenar… Así refiere la historia la dueña de una colchonería vecina de su casa y acompañante de Anita en uno de sus viajes a la isla.

El fallecimiento de Fidel será para muchos la pérdida de un padre o un amigo muy querido, aún para los que nunca lo hayamos conocido personalmente. Esto ocurre porque estábamos ante una figura que más allá de su función como estadista, tenía la particularidad de ser una personalidad absolutamente única en el mantenimiento de sus ideales, que marcó el siglo XX con el fuego de sus memorables oratorias, como la que realizara sobre las escalinatas de la Facultad de Derecho el 26 de mayo de 2003. Su palabra fue seguida por televisión durante más de dos horas y sólo interrumpida por la multitud que se reunió para escucharlo: más de cuarenta y cinco mil personas lo acompañaron en aquel acto que rompió todos los protocolos, ya que se esperaba fuera una charla dentro del aula magna de dicha facultad.

Magnética era su personalidad, un carisma único lo acompañó en su larga y fructífera vida. Solía terminar sus discursos con una frase que el Che le escribiera al finalizar una carta en su salida de la isla: “Hasta la victoria siempre” Patria o muerte.

Sí Fidel, la Historia efectivamente te ha absuelto, razón tenías en tu famoso discurso.

(*) Guionista - Cineasta

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