Por Pablo Martínez
El capitalismo financiero, un peligro para la democracia
(Por Pablo Martínez (Especial para Motor Económico) Los fracasos suelen ser muy provechosos para ganar experiencia y amigarse con la realidad, que es siempre insoslayable. El gobierno del presidente Macri no esperaba el rechazo de la petición que formuló para que la Argentina fuera calificada como mercado emergente, posición de la que fue desalojada hace 8 años, cuando se la degradó a mercado fronterizo, debido a los controles de capitales y a las restricciones cambiarias que rigieron hasta el fin de la presidencia de Cristina Kirchner.
Durante esos años debió convivir en ese apartado indeseable del mercado financiero mundial con la inquietante compañía de Nigeria, Rumania, Jordania, Vietnam, Pakistán, Kazakhastán, Kenia, entre otros. Por ahora es sólo “aspirante” a ingresar a la categoría de mercados emergentes donde figuran la República Popular China, Rusia, Brasil, India.
La división banca de inversión Morgan Stanley elabora el Indice MSCI, una guía muy apreciada por los fondos de inversión que administran billones de dólares, y es quien evalúa los pedidos de los países para definir su calificación.
En el caso argentino las razones para denegar el pedido se explican con economía de argumentos. “Los inversores advierten que las mejoras para el acceso al mercado implementadas recientemente, incluyendo la eliminación de los controles de capitales y las restricciones cambiarias deben seguir vigentes durante más tiempo para ser consideradas irreversibles.” Aquí la palabra clave es irreversible, un término que no es usual en la jerga financiera y que remite a un categoría política nueva. Adviértase que irreversible va mucho más allá de ese eufemismo que ha colonizado la ciencia política, como la “gobernabilidad”, que termina convirtiendo el statu quo en un tótem ante el cual se incendian los últimos restos del estado de bienestar. Esa gobernabilidad mal entendida es un chantaje burdo, para obligar a la oposición a darle el apoyo a medidas de ajuste, pues de lo contrario –aducen- todo estallaría por los aires.
El pago a los fondos buitres en las condiciones establecidas por esos depredadores de la economía de los deudores, el festival de las Lebac con rendimientos usurarios, el endeudamiento masivo que ha llegado al bono centenario en condiciones opacas, sin licitación pública para elegir a los bancos colocadores, un blanqueo de proporciones gigantescas que lo colocan en primer lugar en el mundo al menos como proporción del PBI, las libertades para adquirir dólares en tal magnitud que configura una nueva fuga de capitales, la posibilidad alargar el plazo de liquidacion de las divisas obtenidas por la vía de la exportación hasta diez años, el endeudamiento de las provincias que recaudan en pesos y toman deuda en moneda dura que ellas no producen, todo eso está muy bien pero no es “irreversible” todavía.
Esa condición tiene todo de inmutable, que es algo contrario al orden de la política. Esta es cambio, transformación, adaptación a un entorno siempre distinto. Además si la política democrática significa alternancia, respeto a las minorías, aceptación de la regla de las mayorías que han ganado ese lugar con buenas artes y apego a la ley, la irreversibilidad no tiene nada que ver con la democracia y menos aún con la política.
¿Quién hubiera imaginado el Brexit o la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos? ¿Acaso era tan previsible la paz en Colombia después de medio siglo de violencia? Alguien podría haber vaticinado el ingreso de China y de buena parte de la India a la economía industrial, lo que ha dado como resultado la duplicación de la mano de obra en el mundo, en poco menos de una década. En el sudeste asiático se ha producido también una transformación descomunal, con masivos contingentes que se suman a las fábricas y que ya abordan procesos de fabricación crecientemente complejos. La década latinoamericana donde predominaron regímenes populares, elegidos por amplias mayorías, tampoco estaba en los planes de los dueños del poder, y ni siquiera habían sido imaginadas por los académicos.
Todos esos procesos de cambio no pueden ser gobernados desde las múltiples usinas financieras. Ignotos pronosticadores de hecatombes económicas predican a diario en los medios de todo el mundo. Quieren convertir a la ciencia económica en una ciencia exacta, lo ya es una desmesura. Pero preconizar la irreversibilidad de las políticas suena a mandato autocrático, que se instrumenta mediante la coacción económica y financiera, las presiones políticas y el bombardeo mediático. Y cuando ello lo requiere están las agresiones militares. El caso libio es ejemplificador. Se han apoderado del petróleo, de los oleoductos y de los puertos y la nación libia ha desaparecido como tal. Hoy es una precaria confederación de tribus como disfraz de los verdaderos dueños, las empresas petroleras que en varios casos son también empresas de bandera.
Rogelio Frigerio, ministro del Interior, recogió el mensaje “irreversible” cuando afirmó que “en estas elecciones la apuesta es fuerte, se confirma el cambio o retrocedemos”, para a renglón seguido reconocer que “el kirchnerismo sigue vigente”. Es evidente que el apriete del sector financiero internacional tiene un objetivo concreto influir en el proceso electoral, en una abierta intervención en los asuntos internos de la Argentina. Frigerio no está sólo. Felipe Solá, candidato del massismo en la provincia de Buenos Aires, fue explícito y dijo: “Si llega a ganar Cristina va a haber dos años de guerra política y eso no puede ser”.
Es inquietante comprobar el peligro que implica para la democracia este dominio del neoliberalismo que se pretende eterno, sin dejar espacio a las opciones de transformación. Todo ello le da alas al autoritarismo y fortalece las posiciones de aquellos que proponen la mano dura y la fácil conversión del adversario en enemigo, cuando se necesita todo lo contrario: admitir la existencia del conflicto, reconocer la diversidad de intereses, convivir con los que piensan diferente y aceptar la regla de la mayoría, cuando se gana y cuando se pierde.
- Periodista.
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