Por José Ignacio de Mendiguren
La postergación social y productiva
(Por José Ignacio Mendiguren (*)) La caída del consumo, el aumento de las importaciones y la apuesta por la valorización financiera fueron un combo letal para la industria local, que se transformó en uno de los claros perdedores del año. El nuevo modelo no incluye a toda la población. Debemos avanzar en un modelo de desarrollo industrial basado en las PyME y la agregación de valor
Ignorar el protagonismo de la industria en un proyecto de desarrollo integral es como negar la ley de gravedad: un sinsentido. Más temprano que tarde, el debate –que no es tal– se vuelve un capricho, una reacción intempestiva ante el porrazo inevitable que sobreviene a todo intento de negarlas. A la gravedad y a la industria. En la Argentina de hoy, las consecuencias de este falso dilema no parecen estar tan claras para todos los actores de la realidad nacional. Por eso es importante que el gobierno defina cuáles son las coordenadas del modelo productivo que enuncia, pero que todavía es difícil de divisar con claridad.
Lo primero que debe estar en claro a la hora de preguntarnos qué modelo de país queremos es que no todos los crecimientos son iguales. Se puede crecer con la valorización financiera, tomando deuda y librándote a la dependencia del flujo de capitales internacionales. ¿Se puede? Sí, se puede. Pero, como siempre, hay un pero: ese crecimiento no implica desarrollo. Todo lo contrario, es la postergación del desarrollo: es la entrega de la soberanía productiva y económica a intereses ajenos a los nuestros. Someterse a los promedios y estadísticas de los powerpoints, que lo único que hacen es esconder al elefante adentro de la cristalería. Es decir, ocultar cómo la dinámica de la deuda contraída va aumentando su inercia hasta que se despega tanto de la economía real que cuando nos acordamos ya no hay capacidad de repago. Cuando nos acordamos ya es 2001.
Y no es que solamente el ejemplo somos nosotros. Para nada. Encendiendo el GPS, orientándolo hacia Europa, el caso de Grecia nos va a devolver el mismo panorama: un país que se subió a la valorización financiera, mordió la banquina y sacó por el parabrisas gran parte de la sociedad. ¿Qué le dijeron los gurúes de la valorización financiera que lo endeudaron hasta la insolvencia? “Ajustá, volvé a ajustar y ajustá un poquito más. En algún momento vas a volver a crecer”. El resultado para Grecia es que lo único que viene creciendo entre ajustes es la tensión social.
Entonces, ¿cuál es la alternativa? ¿El modelo agroexportador? No parece. Argentina hoy tiene más de 40.000.000 de habitantes. Meternos debajo de la frazada del modelo agroexportador resulta imposible, porque es una manta muy corta que deja afuera a muchos argentinos y nos sitúa en la primarización. Nada más y nada menos que exportar el trigo en lugar de usarlo para producir, por ejemplo, alimentos con valor agregado. El GPS vuelve a ser útil para entender cómo se zanja este debate. Bélgica, con una producción de 2 millones de toneladas de trigo, tuvo en 2014 exportaciones de la cadena triguera por 3.350 millones de dólares. Un 79% de eso corresponden a productos de alto valor agregado (galletitas, pasta, etc.). Argentina, con una producción que puede ser siete veces mayor, llegó a exportar en ese mismo año cuatro veces menos (855 millones de dólares) y tan sólo un 14% de los mismos con alto valor agregado. ¿Y por qué es eso? Porque ellos usan los recursos naturales y sus conocimientos para apalancar un proceso de agregado de valor en origen. Y guarda que no son solamente dólares, no, Son puestos de trabajo que se generan. Para exportar trigo es necesaria mucha menos gente que para producir fideos o galletitas.
La mejor manera de ingresar al futuro es a través de un modelo de desarrollo industrial que transforme nuestras capacidades productivas, que incluya a todos los argentinos a partir del empleo y la formación. Nada más y nada menos que una mirada sistémica de los problemas para brindar soluciones integrales. La propuesta no es antojadiza, nuestra historia también pide la palabra. Según la reciente medición del INDEC, la pobreza en nuestro país alcanza a un 32,2% de la población. Si la canasta actual se utilizara para la primera medición oficial de pobreza de 1974, en aquel año la pobreza habría orillado el 15%, la cifra más baja de toda la serie (más baja que la que tiene hoy Uruguay). Es necesario subrayar un dato: 1974 fue el año de mayor PBI industrial per cápita de la historia. Más industria es, irrefutablemente, menos pobreza.
Conforme nos fuimos alejando de un proyecto industrialista, la evolución de la pobreza en nuestro país se subtitulaba con tipografía de catástrofe. Desde 1974 comenzó una tendencia ascendente del nivel de pobreza que, salvo momentos puntuales, fue ininterrumpida hasta 2002, cuando ésta azotó al 67% de la población. Entre 2003 y 2006 hubo una baja muy pronunciada y luego una más atenuada -pero baja al fin- hasta 2013, cuando se llegó al 26% de la población. Las devaluaciones de 2014 y 2016 hicieron que hoy se observen seis puntos más que hace tres años. Está claro que no nos salió gratis haber sido uno de los países en el mundo que más se ‘desdesarrolló’.
Por eso es clave entender que lo que tenemos que hacer es generar un modelo de desarrollo propio, con nuestro DNI. Es bueno mirar hacia afuera para tomar nota de cómo han hecho otras naciones para desarrollarse, pero siempre entendiendo que esas experiencias no son cien por ciento extrapolables. Los modelos no pueden importarse, es bueno dejarlo en claro ahora que Australia parece estar de moda para algunos sectores políticos. El modelo de desarrollo australiano está pensado para la mitad de los habitantes que tiene Argentina. Si aplicamos ese modelo, ¿qué hacemos con la otra mitad? ¿La exportamos?
Argentina necesita darse un proyecto de desarrollo industrial potencie a sus pymes a partir de la valorización productiva. Uno que tome en cuenta la extensa geografía del país y sus asimetrías regionales. La integración territorial es la mejor estrategia para potenciar cada región a partir de sus fortalezas. Y es ahí donde las pymes se transforman en el pivote de este modelo de agregación de valor.
De lo pequeño a lo grande
Las pymes cobran un peso específico importante para proyectarnos hacia el futuro por varias razones. En primera medida, son una usina fundamental para la creación de empleo: generan más del 51% del empleo privado registrado del país. Además, son un vector crucial el fortalecimiento de la competitividad sistémica de los países, gracias al gran potencial en términos de flexibilidad y adaptabilidad para responder a las tendencias de la demanda. También cuentan con elevadísimas capacidades en términos de diseño e innovación, factor fundamental a la hora de salir a competir en un mundo que cada vez exige más en estos dos campos. Muchas PyMEs argentinas son muy intensivas en I+D, el ejemplo insignia es el sector de software. Existen otros casos, cuyo fuerte no es la creación de I+D, pero sí tienen una extraordinaria capacidad para mejorar y perfeccionar la tecnología existente.
El mundo nos otorga pistas de la importancia de este sector en un proyecto de desarrollo sustentable: la alta correlación entre desarrollo y cantidad de pymes. En promedio, los países ricos tienen 38 pymes formales por cada 1.000 habitantes (Italia 85, Corea 60, Noruega 52, Francia 40, Suiza 39, Argentina: 18).
Si analizamos la situación actual, entre las previsiones que el Presupuesto 2017 hace para la industria y el difícil momento que atraviesa el sector, el sendero del desarrollo parece quedarnos muy lejos. Con la baja de la actividad en Argentina, caída de Brasil y aumento de las importaciones, la industria atraviesa una tormenta perfecta. Estos datos no parecen ir en contra de la tendencia, el presupuesto relega el desarrollo industrial a un segundo plano y, por ende, a las pymes y el empleo de calidad.
Si Argentina quiere fijar un rumbo que garantice la inclusión de todos sus habitantes, para solucionar definitivamente los síntomas de los modelos de ajuste y exclusión, no hay otra salida que la del modelo productivo. Y ese modelo solamente es accesible a través de la industria. Todos los países desarrollados del mundo se llaman a sí mismos países industriales. Postergación social y postergación productiva son las patas de la mesa argentina que hoy están rotas. No hay remiendo ni parche financiero que la sostenga. Reconstruirlas es la tarea. Discutirlo es negar la ley de gravedad pretendiendo que la mesa no se desplome
- Diputado Nacional y dirigente de la Unión Industrial Argentina.
(*) Fuente: Revista Turba
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