Opinión

Por Clara Razu

Volver a pensar la sociedad como productora de bienes para ampliar y democratizar el consumo

(Por Clara Razu (*)) En la primera clase de economía el profesor indaga:

¿Cuál es el problema económico, el problema que atraviesa la ciencia, y que las distintas teorías económicas tratan de responder?

Respuesta: La escasez, como termino relativo, en función de la “infinidad” de necesidades a satisfacer con “recursos escasos”.

¿Y cuáles son las preguntas que nos debemos formular para responder al problema económico? Respuesta:

¿Qué producir? ¿Cómo producir? ¿Para quién producir?

En la toda la formulación tanto del problema como de las preguntas necesarias, el término “producción”, entendido como la producción de bienes y servicios son centrales.

La sociedad capitalista, construida a través del modelo de capitalismo industrial del siglo XIX, encontró su aparato teórico en los clásicos liberales como Adam Smith o David Ricardo.

Los pilares de la propiedad privada de los medios de producción, la competencia individual y la maximización de la ganancia como objetivo derivaban a una organización económica, cuestionada como desigual e injusta, pero que centraba en el concepto de producción la evolución económica. La producción como valor central de la economía tiene como origen la fuerza de trabajo devenido en el empleo. Ese empleo determinó un tejido social denso en el cual, cada individuo logra insertarse funcionalmente y reconocerse en sí mismo y en los otros, por lo “que sabe hacer”, por lo que “hace”, por cómo contribuye a la satisfacción de las necesidades, por el “valor que agrega”, y aquí el concepto de valor trasciende lo monetario o economicista, el valor es el que da densidad a ese tejido social.

A partir del “desanclaje” de la producción de bienes y servicios con el valor monetario de los mismos, donde las herramientas e instrumentos financieros dejan de ser eso, herramientas, para transformarse en protagonistas centrales de un modelo económico, es ahí donde se deja de pensar en la inversión como herramienta de ampliación del capital productivo, para considerarla como la acumulación del capital en sí mismo, sin que tenga un objetivo productivo. La inversión en sí misma, como flujo monetario sin destino productivo, gobierna el sistema.

En este contexto la centralidad de la relación capital-trabajo desaparece de la discusión económica, entonces, en términos estructurales no se trata solo de un modelo de acumulación sino de los pilares de un sistema.

Si bien la coyuntura pone a los decisores políticos frente a la necesidad de resolver las urgencias del desempleo, la caída del consumo, la inflación y el endeudamiento; no se debe perder de vista que el camino a la solución de esos problemas, se debe inscribir en una mirada de largo plazo donde se retome la centralidad del concepto de producción, el trabajo como eje de la misma y su relación con el capital, que no es otra cosa que trabajo acumulado.

No se trata de discusiones teóricas vacías, se trata de volver a pensar la sociedad como productora de bienes para ampliar y democratizar el consumo. En realidad la escasez no es tal, sino que el problema es la apropiación de los recursos, y en definitiva, la fuerza de trabajo como recurso generador de valor es propiedad del sujeto, y el “hacer” es su capacidad, de manera tal que más allá de la solución de los problemas macroeconómicos, se debe volver la mirada a los problemas microeconómicos, cotidianos que enfrenta nuestra sociedad en este contexto.

La posibilidad de construcción de redes de producción y consumo donde la sociedad pueda participar ya sea como productores o como consumidores de esos bienes y servicios, no es solamente una “solución defensiva”, sino que se trata de construir un mercado, donde realmente el intercambio de bienes y servicios se refleje en la satisfacción de las necesidades y no en el flujo de dinero, exclusivamente. Si la economía tradicional destronó a la producción y al trabajo como centro, subámoslo desde abajo, después de todo, los edificios se construyen desde los cimientos y nada se construye en un día.

  • Lic. en Economía. Docente. Comunicadora (*) Fuente: La Nave de la Comunicación

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