Política nacional

Opinión

Cuando la mentira es la verdad.

(Por Tavo Cibreiro) En los últimos días, como el pasto en el empedrado, los medios hegemónicos argentinos encontraron, otra vez, una nueva hendija para acosar los intereses comunes, potenciar los propios y continuar con su campaña de desinformación. De la nada, y con la complicidad de una porción significativa de la oposición, fingieron una decisión, por parte del ejecutivo nacional, sobre la masiva liberación de los reos más peligrosos del país a partir del Corona virus. La medida fantasma no tardó en accionar la razia mediática. Con la misma solvencia de siempre, la prensa masiva inició su ya conocida escenografía del temor y, junto a sus latentes especialistas descafeinados, terminaron de armar la historia. Un violador suelto por acá, un asesino caminado por allá, como indica el manual, despertaron los miedos de una sociedad fastidiada por el engome sanitario y el humor social social cambió repentinamente. Así fue entonces cuando el miedo, la antipatía y la sed de castigo, a cualquier precio, se encontraron en los balcones de las grandes urbes y lograron hacerse escuchar.

Evidentemente, la velocidad de propagación, junto a sus múltiples espacios de difusión, no sólo convirtió una mentira en una verdad, sino también, exacerbó el individualismo. La discusión coyuntural, política y hasta sanitaria del país, también perfeccionaron sus espacios dentro del envión. “Es perfectamente lógico. La experiencia universal de sufrir un gran shock, se resume en el sentimiento de absoluto desamparo. Frente a fuerzas desconocidas y de incalculable potencia, los padres son incapaces de defender o salvar a sus hijos, los cónyuges se pierden uno al otro, y los hogares, el lugar de protección por antonomasia, se convierten en trampas mortales. La mejor forma de superar esa indefensión consiste en ayudar, en tener derecho a formar parte de un proceso de recuperación colectivo”, asegura Noemí Klein en La doctrina del Shock. Y las empresas periodísticas lo saben a la perfección.

Según la última encuesta de Aresco, 8 de cada 10 personas están en desacuerdo con la liberación de presos en tiempo de pandemia. Sin embargo, al responder esa pregunta, pareciera que 10 de 10 creen que la orden existió realmente. La noticia falsa, entonces, llegó para quedarse. ¿Y van? Habitualmente, las fake news suelen funcionar gracias a la falta de centralidad de sus fuentes y a su viralización masiva en internet. La “posverdad” “trabaja” sobre la opinión pública bajo esos parámetros básicos casi siempre. No obstante, en algún punto, está vez fue al revés. Primero, los soportes tradicionales se adjudicaron la autoría de la información. Después, el relato periodístico se ayornó para potenciarse en las redes. Al mismo tiempo, la legitimidad de los datos no tuvo su anclaje en una firma particular o en la pereza del consumidor para chequear aquello que está leyendo o mirando; Lo verosímil del engaño se encuentra en el montaje peyorativo previo. Años, meses y días construyendo sentido, tarde o temprano, dan sus frutos. En consecuencia, la mayoría cree que la liberación de miles de presos peligrosos puede estar en la cabeza del presidente y tornase una política de estado. ¡Una locura!

El gobierno, por su parte, no supo – no pudo – manejar la situación. Sus tibias apariciones, descentralizada en diferentes figuras, sólo alimentaron el mito y sumaron confusión. Las tensiones se duplicaron y ya no alcanza con Alberto solamente. El plan sistemático de desinformación requiere una respuesta contundente, amplia y con una fuerte convicción política. Desde el regreso de la democracia, las diferentes administraciones fueron criticadas por su incapacidad para comunicar bien. ¿Es posible que todos hayan fracasado? ¿O resulta imposible comunicar correctamente con este mapa de medios y bajo las actuales reglas de juego?

Tavo Cibreiro. Comunicador popular. Periodista. Integrante de Ucaya y colaborador de Motor Económico.

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